Releyendo a Marañón

JOSÉ MARÍA CARRASCAL«SER liberal es, primero, estar dispuesto a entenderse con

POR JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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«SER liberal es, primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo y, segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios». La cita, de Marañón, antigua, cristalina, cobra tremenda actualidad ante el debate que se está produciendo en el PP y la situación a que nos ha conducido el gobierno socialista. Pocas cosas menos liberales que el cordón sanitario que Zapatero quiso establecer en torno a los populares -con el Pacto del Tinell como cerrojo- y bien poco liberales han estado tanto Esperanza Aguirre al apropiarse de la titularidad liberal en su partido, como Mariano Rajoy al invitar a irse a algunos de sus miembros. Como el valor antaño a los militares, el liberalismo se supone hoy a todo demócrata. Su triunfo ha sido tal que le ha arruinado como partido específico, ya que todos, excepto los totalitarios, se proclaman liberales, incluidos los socialistas, de raíz dogmática, pero transformados en socialdemócratas, mientras la vieja derecha ha devenido en cristianodemocracia, en centro o en Partido Popular. ¿Quién que es, cantaría hoy Rubén, no es liberal? O al menos se proclama.

La única diferencia que queda entre los partidos democráticos se da en el terreno económico, donde los conservadores apuestan fuerte por la economía de mercado, dejando al Estado como mero árbitro de los conflictos que surjan, mientras los socialdemócratas le asignan un papel más activo, para equilibrar desigualdades. Pero incluso en ese terreno las diferencias son cada vez menores, y los liberales admiten la intervención del Estado para evitar excesos, y los socialdemócratas, que el principal motor de la economía es la iniciativa privada.

De ahí el anacronismo del debate interno popular, beneficioso sólo a un gobierno que ve alejarse de los titulares los graves problemas con que se enfrenta, desde el agua a la crisis económica, pasando por la justicia. Y lo más incongruente de todo es que ocurre cuando el PP ha perdido las elecciones, sí, pero ha obtenido más de diez millones de votos, mientras Zapatero, pese a haberlas ganado, ha visto cómo su programa de la primera legislatura se quedaba en la cuneta, como sus socios anteriores.

Tanto Rajoy como Esperanza Aguirre parecen haberse dado cuenta del inmenso error que estaban cometiendo y han cancelado, al menos de momento, su duelo. Suena para ellos la hora de esperar tranquilos por dónde sale un rival preso de sus contradicciones, mientras ellos se reafirman en sus valores. Unos valores liberales que suponen, por parte de Esperanza, olvidarse del «debate de las ideas», que era en realidad un debate de las personas, y por parte de Rajoy, abrir el próximo congreso, no cerrarlo. Es él precisamente el más interesado en que se presenten más candidaturas que la suya a la presidencia del partido. Sería la mejor forma de legitimarse si gana. Y si pierde, puede consolarse releyendo a Marañon. «El liberalismo es una conducta y, por tanto, mucho más que una política».