El regreso del miedo

CUANDO la gente, para coscarse del futuro, en lugar del horóscopo consulta los

TOMÁS CUESTA
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CUANDO la gente, para coscarse del futuro, en lugar del horóscopo consulta los sucesos, es evidente que tenemos un problema. Un problema de miedo. Es de cajón que el miedo nunca es libre, diga lo que diga el refranero. El proverbio va a misa, sin embargo, leído en el espejo y a la viceversa: no hay libertad con miedo. Y ocurre que, hoy por hoy, aunque se niegue la evidencia, las encuestas indican que muchos ciudadanos están que no les llega la camisa al cuello. Que andan encogidos y con la mosca tras la oreja, que se arman de valor antes de ir al cajero, que se zambullen en el metro como Odiseo en los infiernos. La inseguridad, hasta sin padecerla, se palpa en el ambiente, se olfatea. Contamina las calles y enturbia el papel prensa. Es un presentimiento insomne y obsesivo, un viscoso runrún, un pálpito perverso. Un absceso que crece cada día y lo que te rondaré, morena.

Delinquir en España resulta tan barato, sale tan apañado y tan a cuenta, que acabaremos por ser un puerto franco donde cualquier rufián encontrará aposento. El algodón no engaña: la enfermedad avanza y el remedio no llega. Mientras tanto, el Gobierno se ha cosido los párpados y da palos de ciego enrocado en el dogma de una filantropía huera: «To er mundo e güeno». Y de ahí no se mueve. En cualquier caso, la murga del «güenismo», que sirve de laxante de la mala conciencia, no explica, por ejemplo, lo que sucede con Madrid, que está siendo tratada -o maltratada- como una comunidad hereje.

El señor Zapatero -cercado en La Moncloa como los irreductibles galos de la aldea de Asterix- deja sin policías el Territorio Espe con la finalidad evidente de echarle leña al miedo. El ministro del ramo (que, pese a ser de ciencias, no da una a derechas con las cuatro reglas) en vez de sumar, resta. Divide sin escrúpulos y multiplica el riesgo. Enmascara las cifras a su antojo hasta que se le cuadren -aunque no cuadren- los agentes. Y encima discursea sobre la manipulación, el victimismo y la deriva ultramontana de la señora presidenta. («O tempora!, o mores!» ¿Quién iba a figurarse a Rubalcaba impartiendo lecciones de decencia). Pero los hechos son tozudos -ya lo decía Lenin- y, además, elocuentes. A la que te descuidas, te cantan «La Traviata» (o «La Boh_me», así doña Sonsoles nos acompañaría un trecho) y el señor Zapatero, que es hombre de costumbres, solventa el papelón trola va, trola viene. Porque los hechos son tozudos (disculpen la insistencia) y Zapatero y la mentira son pareja de hecho.

La «doxa» progresista considera que el orden es un vicio burgués, un banderín de enganche de la carcundia extrema. Años atrás, Plantu, el humorista de «Le Monde», sintetizaba la cuestión en una excepcional viñeta. París. Exterior noche. Una esquina cualquiera. Dos tironeros huyen tras robar a una dama que solicita auxilio desaforadamente: «¡Socorro! ¡Policía! ¡Ladrones! ¡Sinvergüenzas!» Hasta que su marido le pide que se calle utilizando un argumento de los que no admiten réplica: «¡Por favor, no le hagas el juego a la derecha!» El chiste de Plantu, en este país al menos, no ha perdido mordiente ni vigencia. La progresía de salón, los izquierdistas de diseño, los que acaparan el pesebre de la intelectualidad pastueña, los que jamás se han asomado a la realidad de las afueras... Todos han instalado alarmas a porrillo para poner a buen recaudo sus haciendas pero revisten aún al delincuente con la aureola del rebelde. Quien hace cumplir la ley es un verdugo, o un perro de presa cuanto menos. El que la violenta, en cambio, es una víctima en potencia. El fruto de la infamia de una sociedad perversa.

Los sondeos anuncian que la inquietud «is back in town», que Maki Navaja ha vuelto. Los comerciantes, atraco tras atraco, van a acabar copando el «Guiness» de los récords. Las urbanizaciones sirven de decorado para rodar secuelas de «Promesas del Este». Los chorizos de antaño han sido desterrados por los profesionales de la «Smith & Wesson». ¿Por qué, entonces, Rajoy guarda silencio? ¿No será que le tiene miedo al miedo?