El recluta

Por Jaime CAMPMANY
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LUIS Solana vuelve a escribir en los periódicos. Es un reincidente del despropósito publicado. Alguien que lo quiera bien tendría que decirle: «Hijo, Luis, no exhibas tanto tus menudencias intelectuales. Escóndelas con un poco de pudor. Escribir como tú es una indecencia». Hubo un tiempo en que Pedro Jota le dejó una columna para que él la levantara cada día. Antes aún de terminar de escribirla, se le caía. El suyo era el trabajo de Sísifo. Subía las letras en un ejercicio de halterofilia, como quien levanta pesos. Aquello fue una crueldad de Pedro Jota, un castigo a los lectores, a sí mismo y, sobre todo, al propio Luis Solana. Al cabo de unas cuantas semanas, aquella columna era el idioma castellano convertido en escombros. Ni siquiera «El país» se ha atrevido a tanto.

A veces lo leo por humildad y no sé bien si por regodeo vicioso o como mortificación ascética. Puede que leerle sea un placer genial y hasta sensual, o la satisfacción secreta de dar un socorro al menesteroso, o el sacrificio solitario de ajustarse un cilicio en las entendederas. En el desbarajuste del idioma llega incluso a la cumbre casi inaccesible del «Nebrija». Es un depredador de la sintaxis y un exterminador de la semántica. Menos mal que el castellano aguanta mucho y sobrevive. Hace poco leí un artículo de Solana, que le ha recogido Luis María con la aspiradora. Y ahora, yo pecador, me confieso de ello. «Acúsome, padre, de haber leído a Luis Solana». «¿Cuántas veces, hijo mío? Lee una letrilla de Quevedo y no vuelvas a caer en la tentación.»

A Luis Solana, el desvarío periodístico le ha dado militarista, y escribe un artículo para echar laureles a varios generales. Les ofrece un homenaje de recluta, y parece un heredero del miliciano Remigio. A mí, que ciña laureles en la frente de los generales, me parece muy bien, pero me temo que detrás del homenaje militar haya una nostalgia telefónica. Se mete el susodicho escritor a sentar doctrina acerca de lo que se debe hacer en el Cesid, y dice que «dos nombres cuya categoría y buen hacer son algo especial, los generales Alonso Manglano y Javier Calderón». En el caso de Alonso Manglano, claro que es «algo especial», ¡toma, y tan especial! Este Temístocles insiste más abajo, y conmina a Dezcallar a continuar y mejorar la etapa del Cesid de los dos «grandes generales» que le antecedieron.

Alonso Manglano y Luis Solana están unidos por un hilo telefónico. El general Alonso Manglano se dedicaba desde el Cesid a pinchar los teléfonos de cualquier español que despertara su curiosidad, sin salvar a nadie de tan insana curiosidad. Del Rey abajo, ninguno se libró de la oreja gigante del «grande general». Metió la nariz, o sea, el oído, en lo que hablaba Don Juan Carlos y después en las conversaciones de otros personajes ilustres hasta llegar a mí, que soy el más modesto de los escuchados. Por esa manía de meterse en las conversaciones privadas de los ciudadanos y atropellar su intimidad, ha sido denunciado, juzgado y condenado, por más que el empapelamiento de este general tan «auditor» ande todavía dando tumbos por los anaqueles de todas las apelaciones posibles.

Lo de Luis Solana es también una peripecia telefónica, pero de pago. Solana es el padre y parece ser que también el beneficiario del teléfono erótico. Alonso Manglano ponía la oreja en las conversaciones privadas y a lo mejor encontró algún deliquio de alcoba y alguna terneza ministerial. Los escuchas se divertirían de lo lindo con los diálogos de amor, las conversaciones en la catedral o los diálogos de carmelitas. Pero Luis Solana inventó la «línea caliente», que es consuelo de Onán para la manuela. La gestión de Solana en Telefónica fue tan brillante que casi no se escuchaban otros teléfonos que los eróticos y los que pinchaba Manglano. Loor a ambos.