Realismo en la Casa Blanca

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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LOS norteamericanos son una extraña mezcla de realismo e idealismo, que hace difícil gobernarlos, pues exigen ambas cualidades a sus gobernantes. Barack Obama aprobó como candidato en idealismo, pero, como presidente, ha suspendido en realismo. Al iniciar su segundo año de mandato, trata de salvar la prueba. ¿Cómo? Pues de la forma más sencilla: dejándose de grandes planes globales y nacionales, para concentrarse en las necesidades más inmediatas de sus compatriotas. O, si lo quieren sin rodeos, gobernando para la mayoría, no para la minoría. Ello va a traerle críticas de la izquierda y muy posiblemente no va a granjearle el aplauso de la derecha, que le odia. Pero él piensa en el ciudadano medio, en ese norteamericano que sufre la recesión y está pagando las guerras en el exterior, los pillajes de los banqueros, los despilfarros de los políticos, y ha decidido ponerse a su lado. Ya hubo un aroma de ese nuevo realismo al recibir el Premio Nóbel de la Paz, donde anunció que hay guerras que deben librarse, pero no, como hasta ahora, para extender la democracia a países no interesados en ella, sino para defenderse de los ataques que desde allí vengan. Lo mismo, con los banqueros. Lo peor de los banqueros no son esos escandalosos sobresueldos que vuelven a asignarse, después de haber provocado la mayor crisis financiera en tres cuartos de siglo. Lo peor es que vuelven a las andadas, empaquetando productos dudosos y tratando de colocarlos entre sus clientes, con lo que podemos tener otro descalabro. Hay que atarles corto, porque esa gente parece no haber aprendido y el ciudadano medio, que ha pagado su salvación con dinero público, está muy cabreado con ellos. En cuanto a la política nacional, ¿cuáles son las mayores preocupaciones del norteamericano hoy? ¿La reforma sanitaria? No. El 85 por ciento de los norteamericanos tienen ya seguro médico. Lo que preocupa a la mayoría es la recesión, el paro, el déficit. ¿Y cómo se abordan la recesión, el paro, el déficit? Pues movilizando la economía norteamericana con más productividad, con más iniciativa, con más estímulos en los puntos precisos y más recortes del gasto público en aquellos otros donde se está derrochando.

Durante su primer año de mandato, Obama ha mirado demasiado a los políticos y demasiado poco a la «mayoría silenciosa» de sus compatriotas. Con el resultado de haber perdido buena parte de la confianza de estos. En el segundo, trata de recuperarla. ¿Lo conseguirá? Depende de que recuerde que ya no es el candidato a la presidencia, sino el presidente. Como tal, tiene que vender hechos, no palabras, por hermosas que sean. «¡Es el realismo, idiota, el realismo!», podría gritar Obama a sus ayudantes.

Lo importante es que lo practique él.