El Real Madrid galáctico

Por JAIME CAMPMANY
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DICEN los astrónomos que el telescopio Hubble ha permitido contemplar un espectáculo sideral nunca visto hasta ahora. Una galaxia gigante ha engullido a otra galaxia más pequeña. Galaxia come galaxia y el pez grande se traga al chico. La noticia parece la traducción espacial de una novedad del sistema planetario del fútbol. Alfonso Ussía, que es madridista hasta las orejas, pero incluidas, me telefonea desde el bolo cántabro, en el que lleva todo el verano sin ganar un partido, para decirme: «Habrás visto que el Madrid galáctico se ha comido al Barcelona de Ronaldinho. Y como el Manchester se lleve por fin a Pujol, van a quedarse los culés cinco años a culo pajarero».

El inconveniente que tiene el Real Madrid galáctico es que tiene demasiadas estrellas de primera magnitud. Ya han empezado a florecer las verdes flores de la envidia y la hiedra de los celos. Entre Roberto Carlos y Beckham se cruzan apuestas a ver cuál de los dos magos del balón parado ejecuta mejor los tiros libres. Parece ser que Roberto Carlos confía en su potencia porque el balón que sale de su pie adquiere velocidad de proyectil, y en cambio Beckham, el hortera genial, pone sus esperanzas en la habilidad para la parábola. «Juega en parábola, como si escribiera el Evangelio», me ha dicho Jorge Valdano, que habla de fútbol como si fuera Heidegger.

Pero el más escocido por la llegada de Beckham es Ronaldo, que hasta ahora era la estrella más rutilante del firmamento blanco, y ahora ha pasado a un segundo plano y si quiere salir en la pantalla mundial tiene que chupar cámara al inglés, que queda tan mono y comparte fotogenia con la spice girl. En China, en cuanto Beckham ha metido un gol, llega Ronaldo y mete dos. Y sin embargo, los cronistas dicen que quien ha dado las lecciones magistrales ha sido el calvo, o sea, Zizou, o sea, Zidane, o sea, el francés prestímano, mejor dicho, el francés prestípedo.

Y aún quedan rumiando celos los dos celtíberos prodigiosos, el portugués Figo y el hispano Raúl, ambos con brillo propio tan intenso que pueden defenderse perfectamente y sin desmerecer dentro de esta galaxia de superstars. Quizá sean demasiadas estrellas, pues siempre conviene que haya un sol en cada sistema planetario, y no como en el Real Madrid, que tiene media docena de soles, y ninguno de ellos se va a conformar con un papel de planeta y mantener un movimiento de rotación alrededor de la estrella principal, ni con recibir de esa estrella principal luz y calor.

Quizá lo mejor que se pueda hacer para organizar un buen equipo de fútbol sea tomar ejemplo del ciclismo, donde se nombra un capitán, destinado a ganar la competición, y todos los demás deben cumplir su papel de gregarios. Al fin y al cabo, en el fútbol pasa como en política. En el socialismo, en cuanto apareció una estrella llamada Simancas, desertaron de la galaxia madrileña los dos «corrutos». Y en el PP, en cuanto el «sol» dijo que estaba dispuesto a apagarse, se revolucionaron los planetas y hasta los cometas, que aquello parecía una nueva Noche de San Lorenzo. Y en esas estamos.