Razones para quedarse

CARLOS HERRERA
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CONOZCO poca gente a la que le guste que hombres y mujeres jóvenes de su país mueran en alejados escenarios bélicos en virtud de difusos conflictos armados. Mejor dicho, no conozco a nadie. La más elemental de la reacciones al ver llegar un ataúd ocupado por un soldado de poco más de veinte años es preguntarse qué le ha llevado hasta remotos campos de batalla en los que, aparentemente, no se dirime ningún interés nacional prioritario. No estamos ante una respuesta militar a una agresión contra la integridad de nuestro territorio, ni ante un conflicto armado en el que nuestros intereses nacionales se vean severa y directamente amenazados... Lo consecuente, tras asistir al desgarro familiar de quienes lloran al fallecido, es preguntarse: ¿qué hacemos «allí»? Es ese el preciso instante en el que la didáctica política debe tomar la palabra y tratar de explicar algo endemoniadamente enrevesado y que sólo puede hacerse mediante la sinceridad más llana posible. El Gobierno de la Nación, que es quien goza de las prerrogativas para ordenar la movilización de nuestros Ejércitos, tiene la llave; sólo que no sé si la usa con la suficiente efectividad, bien por timidez autoimpuesta, bien porque no tenga el convencimiento suficiente sobre sus decisiones.

Los soldados españoles están en Afganistán porque están en la estructura de la Otan, y están en la Otan por la más elemental de las sensateces: pertenecemos al mundo libre y la defensa del mismo pasa por ese sacrificio. En aquél lejano e inhóspito secarral se libra la batalla contra el terrorismo internacional, que es la forma amable de llamar al terrorismo islámico, por ser el refugio ideológico -y, en buena medida, logístico- de quienes quieren convertir el mundo en una inmensa carnicería. La «Doctrina Bush» -insoportable paradoja para algunos- dictó que se establecieran escenarios de guerra lejanos a nuestros núcleos civiles: en lugar de esperar a que nos derribaran Torres Gemelas, nos reventaran el Metro de Londres, nos abrasaran unos trenes de cercanías repletos de pasajeros en Madrid o hicieran saltar por los aires Bali, Casablanca o Estambul, se hacía imprescindible invadir el territorio en el que se urdían los asaltos. Trasladar el campo de batalla, en una palabra. Porque hay batalla, aunque algunos irresponsables no quieran verlo. Por beatífico que pueda parecer, llevar la democracia occidental y el desarrollo más elemental en forma de infraestructuras a aquel arrugado país de tierra amarillenta es secar paulatinamente el caldo de cultivo del terrorismo una vez se comprueba que las misiones diplomáticas tienen nula efectividad: tratar con fanáticos enloquecidos como los Talibán no es precisamente una labor factible. Se trata de proteger a la población y combatir las bases de Al Qaeda, sin más, y eso no se consigue, desgraciadamente, repartiendo rosas blancas, como podría pensar algún cursi irresponsable o algún timorato a lo Chamberlain.

Abandonar ahora, cuando las cosas pintan como pintan, es dejar el campo libre a los islamistas psicópatas de Ben Laden con el peligro consiguiente de contaminación de territorios vecinos y potencialmente muy peligrosos -alguno de ellos con potencial nuclear-. Desgraciadamente, la solución más inmediata es doblar el número de tropas, y éstas no pueden ser sólo estadounidenses. Nosotros, en un mundo de terror generalizado e indiscriminado, también debemos estar en el operativo ya que somos también víctimas potenciales. A los hechos trágicos de Madrid me remito.

Por eso mueren jóvenes españoles a miles de kilómetros de distancia. Podríamos, efectivamente, encogernos de hombros y dedicarnos a cultivar nuestro jardín al estilo de «que se maten ellos», pero tengo la sensación de que cometeríamos un grave error. Se hace insoportable el goteo de muertes, resulta desgarrador asistir al llanto desconsolado de madres y abuelas, pero el mundo libre exige duros sacrificios a quienes nos empecinamos en vivir sin amenazas sangrientas o regímenes medievales. Es el precio, y, lamentablemente, es irremisible.