El rapto de Europa

JOSÉ MARÍA CARRASCAL
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Obsesionados como estamos por el paro y la política, no se concede la debida importancia a un hecho tan significativo como que la inmigración aparece en todas las encuestas europeas como el tercer gran problema tras los económicos. Esto es, como una de las principales amenazas para el ciudadano corriente, mientras las elites apenas le prestan atención. al vivir en la burbuja del poder y de la fama, mientras el ciudadano corriente convive con los inmigrantes en la calle, en su edificio, en el ambulatorio, en la escuela de sus hijos. Y siente miedo. Cada vez son más y más distintos. La inmigración es el cadáver en el armario europeo. Un cadáver que empieza a abrir la puerta.

En algunos países se han tomado medidas frente a ella: la prohibición de los minaretes en Suiza, el rechazo del burka en Francia, los exámenes de «ciudadanía» en Alemania, Italia y Reino Unido. Pero se trata de medidas tangenciales, que no abordan el problema en su conjunto, causa de la aparición de partidos radicales en la mayoría de los países. Se los quiere minimizar calificándoseles de «extrema derecha». Que no se trata de pequeños grupos lo demuestra que han llegado al poder en Austria y empiezan a resultar decisivos para formar gobierno en Italia. Puede que pronto lo sean en otros países.

¿A qué se debe? En primer lugar, a la imprevisión de los gobiernos europeos, que para la reconstrucción de sus países tras la Segunda Guerra Mundial, promovieron la llegada masiva de trabajadores extranjeros. Con italianos, españoles, griegos, portugueses no hubo problema -«Ustedes son cristianos, beben vino, tienen sólo una esposa,» me decía medio en broma un directivo de Volkswagen-, por integrarse fácilmente o regresar a sus países al cabo de algún tiempo. Pero como la curva demográfica de los países huéspedes seguía sin ofrecer suficiente mano de obra, sus gobiernos empezaron a buscarla en países extraeuropeos, Turquía, el Norte de África, con religión y costumbres muy distintas al de acogida. Es más, enemigos durante buena parte de la historia. Los turcos estuvieron a punto de tomar Viena. Hoy, están tomando Berlín pacíficamente, París tiene un cinturón musulmán, Zurich varios barrios, y otro tanto ocurre a las principales ciudades europeas.

La culpa, como digo, está en la imprevisión de unos políticos que creyeron que un buen contrato y unas buenas condiciones laborales, eran suficientes para esos trabajadores, desinteresándose de sus costumbres, cultura, valores. En parte, por comodidad, en parte, por arrogancia, al pensar que la superioridad de la civilización occidental se impondría a la de los procedentes de otras. Tremendo error. El Islam no es sólo una religión. Es también un Código Civil, un Código Penal y un código de vida. Que no debe ser tan malo lo demuestran las escasísimas conversiones del islamismo al cristianismo. ¿Por qué? Pues porque el islamismo es una religión muy simple, muy cómoda. Te indica qué tienes que comer, vestir, practicar para mantener tu salud física y psíquica, mientras las demás religiones dejan que el creyente se las arregle como pueda, para concentrarse en asuntos espirituales. De ahí el éxito del islamismo en las sociedades más elementales, donde no existe siquiera Estado, al que viene a sustituir.

Aunque el principal atractivo del Islam es que ofrece a los varones más ventajas que ninguna otra ley divina o humana. Los musulmanes gozan de un poder casi omnímodo sobre sus mujeres e hijos. Poder al que tendrían que renunciar en caso de convertirse no ya en cristianos, sino simplemente en occidentales. De ahí su resistencia a integrarse. Sus mujeres, no. Sus mujeres saldrían ganando. Pero sus mujeres tienen muy poco que decir, metidas en sus habitaciones. Y Occidente, con su «respeto a la pluralidad de las culturas», apenas ha hecho nada para sacarlas. Algunas lo han hecho por su cuenta y riesgo -costándoles muy caro-, pero la mayoría siguen allí, educando a sus hijos en la norma que las aprisiona con la excusa de defenderlas. Es más, Occidente ha permitido que los imanes, los más interesados en que se perpetúe un modo de vida que les da poderes no sólo religiosos sino también civiles, continúen su labor, que a veces viola las leyes locales, como ocurrió con aquel imán de la Costa del Sol, que enseñaba a los maridos dónde pegar a sus esposas sin dejar huella. Continuarán haciéndolo por puro interés personal. El Islam sabe que es incompatible con Occidente. En el momento que acepte sus valores, se desmorona. Toma de él sólo lo que le interesa -como los iraníes, la tecnología nuclear-, pero rechaza totalmente el resto. Es como la población musulmana que en Europa crece sin europeizarse, mientras la población europea disminuye.

¿Tiene solución? ¿O es ya demasiado tarde? Nunca es demasiado tarde para evitar lo peor. Pero para ello es necesario que adoptemos una estrategia completamente distinta a la seguida hasta ahora. De entrada, aceptar que el Islam nos considera enemigos. Y que a los enemigos no hay que darles facilidades. Quien quiera vivir en Occidente tiene que aceptar sus normas. Quien no se sienta cómodo con ellas, ya sabe, con volver a su país, lo soluciona. Aquí no se retiene a nadie. El segundo frente de batalla es la escuela. Las aulas tienen que ser no sólo lugares de estudio, sino también centros para el aprendizaje de valores. A las niñas musulmanas tiene que inculcárseles su valor como personas, no como mero apéndice de un hombre. O de varios, pues crecen como inferiores a su padre, marido y hermanos. Por último, tolerancia cero para quienes predican el odio a Occidente o sus principios. La religión no es una excusa para violar las normas de convivencia. Y no hablemos de las prácticas claramente delictivas, como la ablación, o de los mensajes subliminales de la «guerra santa» o el terrorismo.

Pero hay también que aceptar un hecho: no hay vuelta atrás. Un amplio contingente de musulmanes se quedará en Europa, por muchos extremistas que se expulsen. La mayor parte de ellos, como ciudadanos respetuosos con la ley, aunque sigan con sus costumbres. Lo que significa que debemos reducir al mínimo nuestros prejuicios, pero mantener al máximo las alertas. Haciendo lo posible para transformar el extremismo de su fe en una versión más liberal de misma. Muy posiblemente no se consiga en las primeras generaciones, pero es posible, aunque no seguro, que en las siguientes surja una Reforma, un Lutero. ¿Lo será Hassem Chalghoumi, el imán parisino que aboga por la prohibición del burka, por considerarlo «una cárcel para las mujeres y un instrumento de dominación sexista?» Ojalá, pero me temo que, hasta ello, se necesiten muchos Chalghoumi, por cierto, amenazado de muerte.

Lo que no pueden esperarse son soluciones rápidas y completas. Europa debe prepararse para una etapa de tensiones religioso-culturales, salpicadas con brotes de violencia, como los ocurridos en París durante el verano, e incluso de atentados contra personas e instituciones, como los que costaron la vida al holandés Pim Fortuny o las amenazas contra el diario danés Jyllands-Posten por sus chistes sobre Mahoma. Esto significa que la vida en el Viejo Continente se hará bastante menos agradable y que su sueño de convertirse en un lugar de encuentro de religiones y culturas se desvanece.

Pero es también el único camino para que en un futuro más o menos lejano, no pase a llamarse Euroarabia.