LA QUINTA VÍA DE TONY BLAIR

Por BENIGNO PENDÁSProfesor de Historia de las Ideas Políticas
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LA política es un invento de los griegos adaptado por los ingleses a su moderna configuración electoral y parlamentaria. El sistema británico destila prudencia y madurez. Por eso será capaz de resistir el huracán desatado en torno al suicidio del científico David Kelly. Tormenta en la rueda de Prensa que espera a Tony Blair en su circunscripción del Yorkshire: ya saben, en una democracia con fórmula mayoritaria incluso el primer ministro tiene que cultivar su distrito electoral. Tornado, casi seguro, durante las vacaciones (no suspendidas, por ahora) en Barbados: buen lugar para jugar con las analogías meteorológicas. Gabinete, Parlamento, Justicia y medios de comunicación: todos los actores en escena. En el patio de butacas, la opinión pública más y mejor informada del mundo. A veces, sin paradoja alguna, también la peor formada, por culpa de tabloides infames y sin escrúpulos. Verán ustedes cómo la Constitución no escrita resiste el desafío. Todo deriva de una vieja teoría de J. Locke: sólo hay poder legítimo si existe relación de confianza entre gobernantes y gobernados. «Trust» es la palabra clave. Si Blair convence a la gente, habrá salvado su carrera. Si no lo consigue, será mejor que encuentre la puerta de salida: basta con releer al primer Harry Potter y subir al tren en Charing Cross por la plataforma «Nueve y tres cuartos», haciéndose invisible. Magia pura. Casi una necesidad.

Antes de abrir el debate, conviene aclarar la imagen. Cónclave de progreso en Londres. Gente variopinta de aquí y de allá: unos inteligentes como Lula; otros poco refinados como Kirchner; Gélidos socialdemócratas nórdicos; omnipresente Clinton... Todos (menos Zapatero) al calor de la vieja querencia laborista por la batalla de las ideas, tradición fabiana obliga. Giddens y la tercera vía se despiden sin gloria. El discurso de moda nos orienta hacia la vía cuarta, de nombre «izquierda progresista». Más palabras que sustancia para una familia política en claro declive electoral. La izquierda, razona Blair, cometería un «error terrible» si se define en contra de los Estados Unidos. Esa música desafina en las terminales progresistas. El líder laborista entiende la geoestrategia; asume con naturalidad la relación singular entre la anciana metrópoli y su poderosa ex colonia; gusta de la Europa empírica frente al dogma ampuloso; prefiere, en fin, la libertad y no la tiranía sangrienta... Es socialista, pero es inglés. El ejército británico cumple con éxito su misión enojosa en Irak: antes, en la guerra breve; ahora, en la paz interminable. Apoyo rotundo a Bush; foto de las Azores; ovación en el Capitolio... Algo no encaja en la imagen del progreso. Blair tiene que pagar (además de su propia culpa) esa posición firme, eficaz y patriótica en la guerra de Irak. La resistencia militar de Sadam fue ridícula. Los atentados post bélicos nada tienen que ver con la lucha contra el invasor de un pueblo en armas. Mirando a Blair, naufragan grandes esperanzas: Dickens en estado puro. La izquierda encuentra ahora su identidad en la retórica del nacionalismo gaullista. Paradoja, tal vez, de la confusión ideológica contemporánea.

Actores principales. El primer ministro y los suyos han jugado la eterna partida imperial con cartas de baja intensidad. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas es un órgano político y no judicial: conviene recordar la evidencia. Representa muy poco: acaso el aprecio limitado que el mundo otorga a la democracia. Por azar y por necesidad quiso actuar como una suerte de tribunal universal: fiscales imperialistas; acusado Sadam, seguro tirano, pero inocente presunto; jueces, los quince del Consejo (entre ellos, unas cuantas dictaduras) jaleados los oradores más brillantes por la opinión universal. Hacen falta pruebas como sea, porque el sueco Blix no acaba de discernir. Sesiones interminables, a modo de proceso penal. El jurado ni absuelve ni condena y, al final, todos perdemos porque no basta -parece- ganar la guerra ni burlar la paz. Aquí entran en escena Hoon, ministro de Defensa, y Campbell, el «comunicador» todopoderoso. Informes exagerados, maniobras turbias, presiones sin control. Guerras internas en el laborismo dividido. En el horizonte, Mandelson y Cook, políticos convencionales para la izquierda más anticuada. Blenda Jackson revive el viejo espíritu: gestos, pancartas, suficiencia moral. Está claro: ministro y asesor deben pagar sus errores políticos.

Otro protagonista. Una vez más, el medio media. Hace siglos que Fortescue dividió para siempre a las formas de gobierno entre absolutismo y política. Es difícil de entender la actitud de la BBC para estrechas mentes continentales. Un gigante de la información de naturaleza pública pero ajeno al control del Gobierno: cierto es que el presidente y el director cuentan con más simpatía en las filas laboristas que en las conservadoras. Busca el confidente; interpreta (¿recrea? ¿manipula?) sus palabras; oculta las fuentes; cumplida la tragedia, rectifica y habla. Hipótesis de manual: el Gobierno exagera; el «topo» informa; ¿se excede, a su vez, el periodista? La existencia de una fuente principal no excluye otras pesquisas. Sin contraste no hay información veraz. Los directivos piensan en querellas internas y no solo en el estatuto jurídico de la BBC que les exige guardar y hacer guardar el interés público: al contrario, un aire de «interés siniestro» impregna el ambiente. Bien por el ente público que no se deja someter. Mal, muy mal, por quien utiliza su poder mediático para cobrar facturas y traficar con influencias. Así es la condición humana: el arquetipo de la televisión pública falla con estrépito y arrastra a muchos en su fracaso.

Elementos adicionales para que todo sea plenamente «British». Llega Scotland Yard y confisca los archivos y el ordenador del suicida. El líder de la oposición siempre en segundo plano: Duncan Smith pide mucho y no consigue nada. Así funcionan las mayorías democráticas, aunque en España algunos no lo quieran entender. Un juez irreprochable lord Hutton, se hace cargo de la investigación que será sin duda impecable, aunque (británicos, pero humanos como todos) el resultado sólo gustará a los ganadores. La Corona, como siempre, garantiza solidez y estabilidad institucional: si triunfa Blair, no pasa nada; si pierde, tampoco. Trabajo adicional para columnistas y opinantes que durante los próximos meses tratarán de conseguir la prueba de lo inefable. Kelly, víctima de su flaqueza, merece el respeto debido a la víctima. Pero no es un héroe.

Es muy difícil gobernar (en Occidente, claro) en contra de la opinión progresista. Para un socialista resulta sencillamente imposible. Purga sus pecados Tony Blair, modelo en su día para la izquierda postmoderna, víctima hoy de la retórica antiamericana y de la fiebre helenística que gana nuevos y poderosos adeptos. Para comparaciones históricas, algunas aventuradas, léase al olvidado Toynbee. Apuesta con riesgo: Blair saldrá vivo de la crisis, tal vez con apoyo de los conservadores. A lo mejor estamos en presencia de la quinta vía: patriotismo democrático contra ideología oportunista. Anoten una fecha: en octubre congreso del laborismo. Britania, orgullo y prejuicio. Todavía hay esperanza para los anglófilos.