Quilombo

UAN MANUEL DE PRADA
Actualizado:

HAY palabras que parecen estar esperando una voz nueva que las vuelva a nombrar para ensanchar su significado; y Santiago Castelo, al titular «Quilombo» su último libro de poemas, ha cumplido con este designio. Quilombo es palabra que he oído muchas veces en mis viajes por la América hispana, en una doble acepción de zapatiesta y también de burdel; pero es tanta la eufonía de la palabra que uno nunca puede pensar en una zapatiesta agria o en un burdel sombrío. Y Castelo, con esa intuición genial del poeta que vuelve a bautizar el mundo, ha querido agavillar bajo el título de «Quilombo» poemas de apariencia discorde, poemas que pulsan las más variadas teclas del sentimiento, pero que al rozarse entre sí, lejos de provocar disonancias, entablan una armonía promiscua y ecuménica, donde resplandece un verbo siempre generoso, siempre deseoso de darse.

Santiago Castelo entiende la poesía -y, por extensión, la propia vida- como un albergue hospitalario en el que nadie se arroga derecho de admisión; y en las infinitas piezas de ese albergue cohabitan las pasiones más plurales, las melancolías más ensimismadas, los dolores más aquietados o turbulentos, también las exultaciones más francas y ardorosas. Todo ese mogollón de fervores magnánimos y desolaciones pudorosas conviven en este «Quilombo», donde vuelven a concitarse las dos patrias más merodeadas por la poesía de Castelo: la patria íntima y a veces derruida del corazón, vulnerada de ausencias, arañada por la memoria inmisericorde de tanta belleza desvanecida; y la patria ancha de la tierra que lo vio nacer, esta vez interpretada a través de la pintura de Ortega Muñoz. Y, junto a esas dos patrias tantas veces visitadas por la poesía de Castelo, una tercera que las abraza hondamente, que es la patria de la amistad; porque «Quilombo» es también -y, me atrevería a añadir que sobre todo- una celebración espléndida de la amistad, un territorio donde amigos antiguos o recién estrenados son conmemorados, desde la inmediatez repentizada del homenaje o desde la elegía en lontananza, en una ceremonia siempre renovada.

Castelo principia su «Quilombo» constatando, apesadumbrado, que «de pronto la palabra no sirve, / suena a hueca, / se ha desmembrado y está sin nervadura», pero el libro es una refutación de esta confidencia primera, porque si hay algo que distingue la poesía de Castelo es su confianza en la palabra, su himeneo con la palabra, su capacidad para amarla hasta las entretelas y fundirse en su más recóndito latido, su capacidad para domeñarla y aquietarla con una música en la que bulle un torbellino de pasiones atemperadas. Y este maridaje gozoso con la palabra Castelo lo logra, como Rubén, siendo muy antiguo y muy moderno a la vez, entendiendo que la novedad de la poesía sólo se alcanza acatando el magisterio de la tradición; y así, desdeñoso de pacotillas y modas cambiantes y efímeras, Castelo cuaja poemas tan delicados e intensos, tan sostenidos en el difícil equilibrio de la emoción más acendrada, como la elegía que dedica al fallecido editor Fernando Tomás Pérez González, evocado sobre el telón de fondo de La Habana, otro de los paisajes más queridos de nuestro poeta, entre libros de hojas abarquilladas y la suave cadencia de las palmas, bajo las «nubes grandes, inmensas, de colores / que llenaban de malvas y rosa el Malecón». Y como canta la vida que se fue para resucitarla ante nuestros ojos, Castelo canta también la vida que nace en el vuelo de un día: hay en este «Quilombo» una décima temblorosa de gracia y candor, dulce como el plumón de los ángeles, dedicada a mi hija Jimena, que cobija dentro de sí los días azules y el sol de la infancia.

«No tengo nada que hacer: / La vida ya se me ha muerto / y aún me queda envejecer», escribe el poeta en una de esas soleares en las que es maestro. Este libro, editado primorosamente por la editorial sevillana Point de Lunettes, nos viene a decir justamente lo contrario: Santiago Castelo aún tiene muchos versos por escribir, mucha amistad por regalar; y la vida entretejida de versos y amistad, como la guirnalda de las celebraciones, lo mantendrá eternamente joven, dispuesto siempre a franquearnos un quilombo gozoso donde nos aguardan las cordiales liturgias de la palabra.

www.juanmanueldeprada.com