Don Quijote

Por Jaime CAMPMANY
Actualizado:

Quién iba a decirle a Aznar que Don Quijote aparecería en el Parlamento para convertirse en argumento del debate sobre el estado de la Nación. A lo mejor, nos encontramos en ese punto de la cultura del país en el cual importa tanto el centenario del Quijote como la venta de Ertoil a Cepsa dando un rodeo por Inglaterra, aquella «desleal isla maldita». La más clara ventaja que presenta Rodríguez Zapatero sobre Felipe González es que Zapatero sabe cuándo se editó el Quijote y a Felipe González no hay quien lo saque de Mortadelo y Filemón y lo meta en Rinconete y Cortadillo.

Ni siquiera doña Carmen Romero, profesora de Historia de la Literatura y diputada a Cortes por Cádiz, se ha atrevido hasta ahora a llevarse el Quijote al palacio de la Carrera de San Jerónimo y explicarles a los padres de la patria que en el año 2005 se cumple el cuarto centenario de su publicación, o mejor dicho, de la publicación de la primera parte, que la otra tardó unos años en llegar. Los señores diputados que padezcan nesciencia o profesen de iletrados, que los hay, y bastantes, como en toda viña del Señor, podrán reírse de la iniciativa de Zapatero, pero no es ninguna tontería, mucho más si contemplamos esta Babel que estamos alzando.

Celebrar con la solemnidad y la pompa que merece el cuarto centenario del Quijote puede servir para honrar al Príncipe de los ingenios españoles, y de paso enaltecer a la lengua castellana, que la hablan cuatrocientos millones de habitantes de la Tierra, y que en cambio aquí, en la mismísima España, hay quien quiere comérsela por los pies como si en eso consistiera el hecho español del plurilingüismo. Además del homenaje al Quijote, Zapatero propuso la reforma del Senado, un acuerdo de convergencia de España con Europa y de Europa con Estados Unidos. Aznar recogió lo del Quijote y desechó lo demás olímpicamente. La ministra de Cultura quedaría satisfecha, digo yo.

Pero debo señalar con tristeza que los señores diputados no poseen reflejos ni viveza para aprovechar las referencias culturales de sus compañeros, si no de partido, al menos de pupitre. Por ejemplo, el señor Anasagasti perdió la ocasión de poner el Quijote sobre su cabeza, ya que la tiene desierta aunque disimulada con un artístico oasis. Cuando le aseguró altaneramente al presidente del Gobierno que no podría acabar nunca con el nacionalismo (el nacionalismo es tan eterno como la eternidad misma), podría habérselo dicho con una metáfora del Quijote. «Su Señoría está alanceando molinos de viento».

Ni reforma del Senado, ni convergencia con Europa, ni mucho menos convergencia con Estados Unidos, que luego se incomoda Llamazares, pues todavía vive instalado en la guerra fría. Ya tengo dicho que este nuevo coordinador de Izquierda Unida «Llama-zares» y no vienen zares. Vienen Marx, Lenin y Stalin. Llamazares aún no ha llegado ni a Gorbachov con su perestroika, no digamos a Yeltsin con su vodka. Dicho intelectual, Llamazares digo, empezó con una cita de Borges y una referencia a Gulliver, ésta seguramente en honor a doña Ana Botella. Pero donde más apoyaba sus argumentos era en citas de don Antonio Maura. Aquí, el manicomio, sigue lleno.

La única iniciativa que recogió Aznar fue la de la conmemoración del Quijote. Se conoce que le gustó la idea de mantenerse en la presidencia del Gobierno en el año 2005, a pesar de sus promesas de descargar ese peso en alguien cuyo nombre ya se sabrá «cuando toque». Si en el lugar de Zapatero hubiese estado Felipe González, el sevillí habría dicho: «En el año 2005, desde La Moncloa, mandaré conmemorar el centenario del Quijote, de Mortadelo y Filemón y de lo que haga falta».