Las putas de Montera

Por JUAN MANUEL DE PRADA
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AL salir del cine me las tropiezo. Tienen un aire de cariátides desahuciadas que un arquitecto poco respetuoso de los cánones clásicos hubiese colocado allí, para soportar el peso de las fachadas, como si no les bastase el peso de su tristeza milenaria. Algunas todavía prueban a desafiar mi mirada esquiva, o me dirigen una sonrisa que pretende ser a la vez aviesa y libidinosa; pero sus labios no aguantan ese gesto risueño y acaban formulando un rictus desalado y claudicante, como de animales en cautiverio que se han acostumbrado a mirar la vida entre barrotes. En las últimas semanas se han multiplicado, como si una fuerza invisible y agónica las congregase allí, recaudándolas en parajes extramuros del atlas; recuerdan a esos cetáceos que se quedan varados en una playa, aguardando la parsimoniosa muerte, con el sol clavado en las retinas. Las hay negras, ceñidas de ropas o andrajos que dejan asomar unos muslos muy rollizos, o quizá sólo tumefactos; se juntan entre ellas y hablan en un dialecto tribal, asomando unos dientes que sobreviven a la piorrea. Las hay mulatas, o cuarteronas, o entreveradas de mil sangres que han conocido la diáspora y el desprecio; miran con unos ojos pitañosos y abúlicos que el aparatoso maquillaje sólo consigue entenebrecer, pero cuando alzan la voz emplean un soniquete muy derrengadamente sabroso, como una rodaja de melón que empieza a pudrirse. Las putas eslavas, en cambio, perseveran en un mutismo lastimado; los ojos oblicuos y levemente tártaros, la boca como una rúbrica de ferocidad, la tez muy pálida y acechada de lipotimias añaden a su tristeza un rencor indescifrable.

Y luego están las putas autóctonas, desportilladas como muebles que han conocido mil mudanzas, recostadas en las mismas esquinas que hace veinte años, esas esquinas que el uso ha ido erosionando, hasta adaptarlas a sus cuerpos que ya apenas se sostienen en pie, aplastados por la canícula y transparentes de madrugadas. Algunas tienen una delgadez de radiografía, y ya ni siquiera se molestan en disimular los picotazos de la jeringuilla; otras, las más veteranas y solanescas, se refugian en el pasadizo que une la calle de Montera con la plaza del Carmen, arrinconadas por la invasión de putas foráneas que exaltan la concupiscencia de la clientela con una promesa de exotismo. Para ellas sólo quedan esos viejos más tirados que las magrean mientras fijan los términos de la transacción y les enseñan las encías desdentadas y blandengues, encías de una carne batracia que aún siente nostalgia de los mordiscos. En el pasadizo huele a orines rancios, a calor estabulado y exhausta pesadumbre; suelo cruzarlo conteniendo la respiración, pero no logro sustraerme a un sentimiento sin nombre, en el que se funden la insidiosa piedad y la grima y también una suerte de secreta rabia que dirijo contra las putas desportilladas, y contra sus clientes, y contra los alguaciles desidiosos, y contra mí mismo, que no tengo valor para llorar. Hay sentimientos que el diccionario no acierta a designar, pero que están ahí, creciendo en el pecho, como un liquen de invasora decrepitud.

Por la calle de Montera, apostados ante los tugurios donde se exhiben vídeos para masturbadores premiosos, descubro hombres que espían subrepticiamente a las putas. Son hombres que parecen evadidos de un tratado de Lombroso, de facciones incendiadas por el rijo, absortos en episodios lúbricos que no pueden costearse con la calderilla que abulta sus bolsillos, voluptuosamente atrapados en el abismo sin fondo de la degradación. Mientras me alejo de allí, vuelvo a notar ese sentimiento que el diccionario no acierta a designar; quizá pueda definirse como un asco de vivir, de seguir viviendo, mientras a nuestro alrededor otras vidas se ofrecen en almoneda, como despojos arrojados a la intemperie.