Puigdemont se rinde

Los suyos lo han abandonado# en su locura sediciosa, del mismo modo que él se desentendió de Junqueras

Isabel San Sebastián
Actualizado:

El golpista ha claudicado. Es consciente de su derrota. Todavía huye de la Justicia, por falta de valentía y de honor para responder de sus actos, pero al menos se ha rendido a la evidencia. Es un comienzo.

Carles Puigdemont se reconoce vencido. «Supongo que tienes claro que esto se ha acabado», escribe a su compañero Toni Comín. Y añade: «Los nuestros nos han sacrificado, al menos a mí». ¡Sagaz conclusión donde las haya! Sí, señor expresident a la fuga. Los suyos lo han abandonado en su locura sediciosa, del mismo modo que usted se desentendió de Junqueras, dejándolo tirado en Estremera mientras tomaba las de Villadiego escondido en la trasera de un coche. Los suyos tratan de salvar sus respectivos pellejos y, de paso, algún pesebre sabroso en el que seguir abrevando con cargo al contribuyente. Los suyos demuestran una cobardía similar a la que exhibió usted mismo al salir corriendo de Cataluña en cuanto las cosas se pusieron feas. Habrá quien la llame «prudencia», depende del punto de vista. ¿Verdad? Los suyos velan por su conveniencia, porque una cosa es jugar al heroísmo de boquilla y otra bien distinta arrostrar las consecuencias de lanzar un órdago penado con veinte o treinta años de reclusión. ¿Qué esperaba su exexcelencia? ¿Una revolución sangrienta destinada a llevarle en andas hasta el Palau de la Generalitat? ¿Un monumento patriótico? ¿Dimisiones solidarias en masa? ¿La claudicación sin más de esta nación centenaria que pretendía romper? ¡Cuánta ingenuidad pueril o cuánta arrogancia!

Carles Puigdemont ha fracasado. Pretendió poner de rodillas al Estado de Derecho y el Estado de Derecho le ha doblado el pulso sin recurrir a más instrumentos que la ley y la voluntad de cumplirla. ¡Ya era hora! Si cada desafío secesionista hubiese sido respondido con la misma contundencia, si los sucesivos gobiernos y tribunales se hubiesen atrevido a pararles los pies en lugar de mirar hacia otro lado cada vez que se fumaban un puro con las sentencias en materia lingüística o la ley de estabilidad presupuestaria, por citar únicamente dos ejemplos, no habríamos llegado a esto. Pero más vale tarde que nunca. Ha quedado demostrado, como ocurrió con la ilegalización de Batasuna/ETA, que la firmeza democrática es más fuerte que la chulería, el victimismo o las provocaciones de un personaje grotesco dotado para el espectáculo mediático. Más fuerte que el dogmatismo supremacista agitado en las televisiones. Más fuerte que la política de hechos delictivos consumados nada menos que desde las más altas instituciones autonómicas. Más fuerte que la violencia o el chantaje. Solo hace falta ejercerla sin complejos, desde la convicción de proteger un bien superior a cualquier interés coyuntural de partido, cual es la defensa de España y su Constitución.

El turista en Bruselas asume ya con resignación que no será investido para el cargo que tanto anhelaba. Nadie le agradecerá que se haya quemado a lo bonzo proclamando una «república» inexistente, irreal, ilegal e inviable. Su horizonte vital es la prisión o la semiclandestinidad, dependiendo de que regrese o no a su país a cosechar lo sembrado. Tiene muchas papeletas para resultar condenado por sedición, prevaricación, malversación y acaso también rebelión, lo que significa la inhabilitación de aquí a dos meses y después, celebrado el correspondiente juicio, una larga estancia entre rejas.

Es probable que el «proceso» siga pese a todo adelante. Es incluso posible que, en caso de adelanto electoral, vuelvan a sumar mayoría los separatistas. Pero al menos ahora saben que quien se pone la ley por montera acaba en la cárcel. El que la hace, la paga.

Isabel San SebastiánIsabel San SebastiánArticulista de OpiniónIsabel San Sebastián