Puertas al campo (laboral)

El registro horario complica más la vida de las pequeñas empresas, ese atomizado tejido productivo de la clase media

Ignacio Camacho
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La vocación del Estado socialista -en cierta medida todos los Estados lo son, como certificó Hayek en su famosa frase- consiste en controlar el trabajo, el dinero y, hasta donde es posible, la vida de los ciudadanos. La vida la dirige con leyes de ingeniería social, el dinero lo expropia con impuestos (renta, patrimonio, sucesiones, donaciones, viviendas, energía, vehículos, consumo) y el trabajo lo regula con un piélago de variedades contractuales y registros de horarios. Pero como la Administración se rige por una mentalidad burocrática, la misma por cierto que los sindicatos, cualquier intento de imponer normas de supervisión en un mercado mucho más flexible suele desembocar en el caos. Es lo que le ha pasado al Gobierno con su

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