El PSOE disfraza su debilidad

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El Gobierno socialista se encuentra en un estado notorio de precariedad parlamentaria y no hay indicios de que la situación vaya a mejorar. Por el contrario, el agravamiento de la crisis y la propia debilidad política de algunos ministerios fundamentales en el equipo de Rodríguez Zapatero animarán a los partidos minoritarios a aumentar su presión sobre los socialistas. La noticia es que se acabó el «cordón sanitario» contra el Partido Popular. El Pacto del Tinell y el repudio ante notario han quedado superados por el declive del Gobierno. El PSOE ya no puede garantizar a las minorías tanto beneficio como antes y éstas se rebelan. Es la consecuencia de elegir malos socios, querer jugar a todas las bandas y no tener un proyecto político claro. La estrategia de respuesta elegida por el PSOE es abrazarse a los populares cada vez que la oposición se une y garantiza una derrota parlamentaria de los socialistas. El pasado martes, el PSOE votó con el PP tres iniciativas de los populares. La más llamativa fue la que extendía el «cheque bebé», porque los socialistas se oponían radicalmente y al final tuvieron que pasar por el aro para no regalar a Rajoy una victoria, además en un asunto de «política social».

El problema del PSOE es que así no puede aguantar los tres años que restan de legislatura. Votar sistemáticamente con la mayoría acaba escenificando su debilidad tanto como si quedara en minoría y, además, implica la neutralización parlamentaria del PSOE como partido gobernante. Nadie puede creerse que el voto conjunto con el PP es el fruto de un súbito arrebato por el consenso. Es una medida paliativa urgente y efímera. Por tanto, los socialistas tendrán que plantearse, antes o después, qué van a hacer en el Parlamento y con quién. La crisis se agrava, las minorías recelan cada día más y Zapatero ya no seduce, perdiendo así, de forma constante, su único capital político.

Teóricamente, el Gobierno dispondría de dos recursos para remontar la situación. Por un lado, una crisis de Gobierno que permita recabar nuevos apoyos sobre la base de un nuevo margen de confianza. Sin embargo, la carencia de un proyecto político y económico definido es responsabilidad directa de Zapatero, no de sus ministros, por lo que un cambio en el equipo estaría en buena medida ya amortizado por la falta de confianza en el presidente del Gobierno. La otra opción es una disolución anticipada de las Cámaras, decisión que ahora parece muy improbable, salvo que en los próximos meses el Gobierno tenga anulada su capacidad legislativa y, especialmente, la posibilidad de aprobar unos presupuestos generales adecuados a la situación de crisis, no como los aprobados para 2009, cuentas inútiles y desfasadas desde el primer momento.

El PSOE está, parlamentariamente, en manos ajenas. Tanto ufanarse de tener amigos siempre disponibles y ahora se encuentra con que vive al día. La situación indicaría la pertinencia de una moción de censura, pero hace bien el PP en airearla sin proponerla formalmente, porque, en este momento, su rechazo por el Congreso de los Diputados daría un balón de oxígeno al Gobierno. Con tres años de mandato teórico por delante y lo peor de la crisis por llegar, lo único seguro es que el Gobierno de Zapatero no puede mantenerse mucho tiempo sin apoyos concretos que den estabilidad política.