El propagandista Carlos Fuentes

Por César ALONSO DE LOS RÍOS
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Hace unos días, ya en vísperas de los foros de Davos y Porto Alegre, el novelista Carlos Fuentes escribió un artículo en «El País» verdaderamente modélico: era un cumplido resumen de los tópicos de la izquierda cuando se entrega al maniqueísmo, al mesianismo, a la petulancia moral, a la desvergüenza histórica. ¿O es que se puede decir a estas alturas de la era electrónica que la derecha está en la explotación del hombre por el hombre mientras la izquierda está por la liberación?

Si Carlos Fuentes quería demostrar que la socialdemocracia puede imponer factores de corrección en los excesos de la globalización, no tenía por qué llegar a la conclusión de que ésta es el nuevo instrumento de la derecha para asentar un imperio de injusticia en el mundo. Pero de todo el amasijo de sofismas que manejaba en ese artículo el escritor mexicano quiero destacar dos, especialmente perversos.

Uno: «Habrá izquierda mientras siga existiendo injusticia en el mundo». Así que se reconoce a la izquierda una misión liberadora sólo comparable a su ineficacia. Una curiosa legitimación, por otra parte, si tenemos en cuenta que la izquierda, en nombre de la justicia, llegó a sacrificar vidas y libertades para no conseguirla, como nos ha demostrado la experiencia del socialismo real. Hay, además, tras este tópico una atribución de naturalezas distintas a la derecha y a la izquierda: se viene a decir que los triunfos de la derecha son los de la injusticia mientras el fracaso de la izquierda es, a lo sumo, no ser capaz de detener a la derecha.

De este mito se deriva otro: el sistema democrático varía cualitativamente según sea gestionado por la socialdemocracia o los partidarios de la economía de mercado. El sistema es liberador en el primer caso; en el segundo tiene efectos tan inhumanos como el socialismo real, que para Fuentes no tiene que ver con la izquierda. Escribe el mexicano: «Han concluido con el siglo y el milenio dos teorías reductivistas de la economía y la sociedad. El llamado socialismo real, que no era ni socialismo ni real sino la fachada totalitaria y dogmática de una economía sin libertad ni eficiencia, murió al caer el Muro de Berlín en 1989. En su lugar, otro dogma, el de la libertad irrestricta del mercado, fue puesto en práctica por los gobiernos de Ronald Reagan en EE.UU. y Margaret Thatcher en la Gran Bretaña...». Como se ve, para el novelista mexicano estos dos políticos no son alternativas de Clinton y Blair sino correlatos de Ceaucescu y Castro.

¿Puede llegar un intelectual a traicionar tanto la inteligencia si no hay unas razones materiales que puedan explicarlo? O como diría Marx, ¿qué es lo que ha determinado socialmente hasta estos extremos al escritor?

En realidad Carlos Fuentes se descubre cuando termina haciendo el homenaje a Felipe González («político excepcional», dice) que tuvo el talento «de enfrentar y resolver el gran problema del postfranquismo: equiparar las estructuras políticas al desarrollo económico y social». Para Fuentes la gran tarea de la construcción de la nueva España democrática fue obra de González y del PSOE. Propagandista malo ni aclara en el artículo quiénes fueron los autores de ese «desarrollo político y social» que recibió González, ni qué partido y qué políticos resolvieron el gran desafío de la legalización de partidos y sindicatos: ni quiénes fueron los artífices de los Pactos de La Moncloa; ni lo que supuso la redacción de la Constitución a la hora de explicar la tarea que emprendería el PSOE; ni, por fin, cuál fue el papel que representó UCD en la superación del golpe de Estado...

Lo que le interesaba a Fuentes en su artículo era robar papel para la izquierda y para González porque a la izquierda le corresponden las más altas misiones históricas del mismo modo que a la derecha le corresponde la explotación del hombre por el hombre, la globalización y la injusticia. El mexicano díxit.