EL PROCESO DE CARRANZA

Por GONZALO ANES. Director de la Real Academia de la Historia
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HAN comenzado en la villa Navarra de Miranda de Arga los actos conmemorativos de los quinientos años del nacimiento del dominico Fray Bartolomé de Carranza, Arzobispo de Toledo, encausado por la Inquisición.

En el proceso de Carranza, fue juez el Arzobispo de Sevilla don Fernando de Valdés. El proceso se ha presentado como muestra de intransigencia durante el reinado de Felipe II, junto con los también ruidosas historias del Príncipe Don Carlos y de Antonio Pérez.

Es común hoy la actitud de condena de las conductas de reyes y justicias en casos que se juzgan según los criterios morales y políticos vigentes en los países que han alcanzado mayores grados de civilización, después de siglos y aún milenios de padecimientos, avances y retrocesos.

Fray Bartolomé de Carranza, nacido en Miranda de Arga en 1503, era hijo y nieto de humildes albéitares. Hizo estudios en la Universidad de Alcalá, ingresó en la orden de Santo Domingo y dio lecciones de Sagradas Escrituras y de Filosofía Tomista en el colegio de San Gregorio de Valladolid. Cuando aun no había cumplido treinta años, recibió el nombramiento de Regente Mayor y Consultor de la Inquisición. Su fama llegó a tal grado que Carlos V quiso hacerle obispo de Cuzco y luego de Canarias sin conseguir que aceptara. Carranza fue enviado al concilio de Trento, en el que brilló por su saber y por su elocuencia. Censuró a los prelados por no residir en sus diócesis, como fue Fray Bartolomé de las Casas, más interesado en seguir a la Corte con sus demandas que en atender a los fieles en su obispado de Chiapas. También se resintió de la catilinaria el Arzobispo Valdés, por sus viajes a la Corte.

Con cuarenta y siete años, fue elegido Carranza provincial de los dominicos. Vuelto a Trento, fue encargado de la censura de los libros sospechosos de herejía. Actuó allí con tal celo y eficacia, que pudo quemar o arrojar al río Adigio cientos y cientos de volúmenes. Vuelto a España, y después de renunciar a todos sus cargos, dio ejemplo de austeridad y de rigor en la estricta observancia de la regla de su orden con lo que ganó la mayor estima y confianza de Felipe II, quien le encargó de que restableciese el catolicismo en Inglaterra y fuese confesor de la Reina María Tudor. Allí se dedicó con singular celo y eficacia a perseguir y a castigar herejes: fue intransigente en la ejecución del arzobispo Crammer; desenterró e hizo quemar los huesos de Bucero, y los de otros personajes considerados por él incursos en herejía. En Flandes, con el mismo encargo, no reparó en medios para conseguir el restablecimiento de la ortodoxia, allí especialmente afectada por la mayor difusión de las doctrinas luteranas. En Inglaterra, se le llamó el Fraile negro, por el color de su tez y por lo riguroso de su acción persecutoria y castigadora de herejes. Estaba convencido de que defendía la verdadera fe y la salvación de las almas. Carranza fue un personaje típico de la Europa de entonces, en la época de la consolidación del que llamamos Estado moderno, construcción política que exigía la unidad religiosa y otras unidades.

A la muerte del cardenal arzobispo de Toledo Martínez Silicio en 1557, Felipe II ofreció la mitra a Carranza. Aunque aparentó rechazar la oferta, acabó aceptándola. Parece que Carlos V, en su retiro de Yuste, al recibir la noticia, dijo: «cuando yo le daba el obispado de Canarias, no lo quiso, y ahora acepta el arzobispado de Toledo: veamos en que para tanta santidad». En ese mismo año 1557, publicó Carranza los famosos Comentarios al catolicismo cristiano. Los inquisidores vieron en esta obra proposiciones heréticas. La ascensión a la silla arzobispal de Toledo, quizá la sede más importante entonces en toda la cristiandad después de la de Roma, por rentas e influencia, despertó desconfianzas y envidias, y temores de que, desde aquel solio, pudiera difundirse la doctrina de Lutero, como había ocurrido con obispos de fe dudosa en los Países Bajos.

Carranza, durante los meses en que ocupó la sede toledana, desde octubre de 1558 hasta agosto del año siguiente, desempeñó inusitada actividad en visitas de iglesias y monasterios de la archidiócesis. Marañón escribió, en luminosas páginas dedicadas a Carranza en 1950 en el Boletín de la Real Academia de la Historia, que el indiscutible celo religioso y la caridad que mostró en Toledo no frenaron las sospechas inquisitoriales. Por ello, en la noche del 22 de agosto de 1559, cuando se dirigía a Valladolid desde Toledo, fue apresado en la casa en que dormía en su villa de Torrelaguna. Como dignidad arzobispal, Carranza dependía sólo del Papa. Valdés consiguió el oportuno Breve de Paulo IV para proceder a detenerle. Siguieron a la prisión del Arzobispo el secuestro de sus bienes y el complejísimo proceso en el que intervinieron tres Papas: Paulo IV, San Pío V y Gregorio XIII. Carranza consiguió, después de años de litigio y de recusaciones, que su causa se siguiese en Roma, en diciembre de 1566. Allí le alojaron en el Castillo de Santángelo, en las habitaciones que ocupaba el Papa cuando vivía en esta fortaleza. Al fin, Gregorio XIII liberó a Carranza, aunque condenándole a abjurar de dieciséis proposiciones sospechosas. Continuaría en posesión del Arzobispado de Toledo, pero sin poder ocuparlo hasta que pasase cinco años recluido en el convento de Orvieto. Carranza murió a los dieciocho días de publicada la sentencia.

Los veintidós volúmenes de que consta el proceso de Carranza se guardan en la Real Academia de la Historia. Los examinaron varios historiadores, entre los que destacaron Menéndez Pelayo y Marañón. El doctor Ignacio Tellechea, estudioso de Carranza, publicó siete volúmenes del proceso y es autor de cien títulos, entre libros y trabajos sobre Carranza, su época, personajes y asuntos con él relacionados.

Marañón esperaba dedicar un libro a Carranza, libro que habría de equipararse, de seguro, en rigor científico y en amenidad, al que publicó sobre Antonio Pérez. No tuvo vida suficiente para cumplir este deseo. Dejó encargado de la obra a Tellechea, quien, durante años, leyó y trascribió documentos del proceso y otros muchos papeles que sobre el arzobispo guardan varios archivos. Esperamos que, como resultado de su trabajo, publique la gran biografía de Carranza, en un libro en el que condense la información tan rica de que dispone. En ese libro, podremos los lectores contemplar a Fray Bartolomé de Carranza como hombre preclaro de la Europa de su tiempo, con las glorias, miserias y penalidades de que gozaron y sufrieron tantos contemporáneos suyos en toda la cristiandad. El libro enseñará sin duda a contemplar a Carranza y a sus amigos y enemigos sin caer en la tentación tan común de juzgarles de acuerdo con las normas y principios morales y políticos vigentes en el mundo actual y que conduce, a veces, a pedir absurdos perdones y a solicitar y a conseguir que se retiren símbolos y estatuas y que se supriman nombres de calles y de plazas según las valoraciones cambiantes con las actitudes religiosas o políticas.