Primeros frutos

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ESTOS primeros días del cierre de Batasuna se han sustanciado con un nítido fracaso de las movilizaciones populares organizadas por los proetarras para impedir, primero, y protestar, después, contra el «fuera de la ley» decretado por el juez Garzón y la inminencia de la aplicación de la ley de Partidos. Los militantes no se han volcado en los actos propagandísticos de queja. Hasta tal punto es así que han sido los dirigentes del entramado batasuno los que han protagonizado los encadenamientos y los que han salido a rastras de las sedes. En la calle, bien poco se ha visto a la hasta ahora tan «comprometida» tropa ciudadana filoetarra: menos de mil personas en San Juan de Luz (Francia) y unos miles en San Sebastián, un aforo mucho menos numeroso del acostumbrado. «Actúan», eso sí, los de la «kale borroka», pero no más que cualquier fin de semana. Un poso de «¿qué está pasando?» reflejan las declaraciones de los cabecillas batasunos que han notado esa falta de apoyo. Las eufemísticas «gracias» dadas por Otegi a su masa social dan cuenta del entusiasmo «perfectamente descriptible» de la dirección de Batasuna con la reacción, más bien sedada, de las bases. Puede que se estén dando los primeros pasos para que ocurra lo mismo que en Alemania, donde tras la derrota de Hitler era muy difícil encontrar nazis. El miedo es así y no hablamos precisamente de gente valiente.

Otra de las conclusiones de estos primeros días del «hasta aquí hemos llegado» es la precipitación con la que ETA se ha visto obligada a actuar y que le ha llevado, afortunadamente, a fallar en sus propósitos asesinos. Ocurrió con el artefacto colocado el martes 27 de agosto en los juzgados de Tolosa y con la furgoneta-bomba que, tras ser robada unas horas antes, los etarras estacionaron en las calles de Bilbao la pasada madrugada. Ambos intentos de atentado confirman el vaticinio de los duros sacrificios que aún deberá soportar la sociedad. ETA no es otra cosa que una máquina de matar. Y seguirá a lo suyo. El objetivo final de este cerco que el Estado de Derecho ha puesto sobre su entramado es, precisamente, que cada vez le sea más difícil asesinar. Y de ahí la importancia del rearme moral de los demócratas que debe acompañar a la acción total y sin concesión alguna de los distintos poderes.

Sin el amparo anímico de las bases y con la, por fortuna, secuencia de «fallos» de los matarifes, Batasuna se ha volcado en la estrategia de apremiar al PNV, vía amenazas (es la marca de la casa), para que acelere su radicalización y complete cuanto antes el camino soberanista de Estella que emprendieron juntos en 1998. Sin margen de maniobra, persigue aumentar el volumen de la reivindicación del partido de Arzalluz e intenta que éste meta gas a la crispación y sea el artífice de la ruptura definitiva. La situación también ha sorprendido al PNV, que se debate, ciertamente desconcertado, entre declaraciones como las de Imaz, portavoz del Gobierno de Ibarretxe, en las que asegura «No queremos romper con el Estado» y las, más montaraces, de Egibar diciendo que la ilegalización de Batasuna acelera el proceso soberanista. Todo muy coherente.

Estos son los primeros frutos de la ley de Partidos y del proceso penal abierto contra Batasuna, indudablemente más sabrosos y sanos que aquellos, teñidos de sangre, que caían del árbol de las nueces.