El precio de la moral

M. MARTÍN FERRAND
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«PESSEBRE» es una palabra polisémica que, en el idioma catalán, lo mismo sirve para referirse a la representación del naiximent del nen Jesús que para, en sentido figurado, aludir a las ilegales, inconfesables y nada éticas vías de enriquecimiento para los políticos corruptos y sus beneficiarios ocasionales. Tengo ahora a la vista, mientras escribo, una delicada edición del Poema del pessebre al que puso música el irrepetible Pau Casals sobre letra de Joan Alavedra. Se refiere, claro está, al nen Jesús. El hijo del poeta, Maciá Alavedra, junto con Lluis Prenafeta, ingresó en prisión como sospechoso de acudir y nutrirse en los pessebres de Santa Coloma de Gramanet. Es una forma poco fina, pero rentable, de mantener la tradición familiar, algo que como vemos estos días resulta fundamental en los usos y prácticas catalanes.

Alavedra y Prenafeta, tal para cual, son nombres inseparables del tiempo en que Jordi Pujol era president de la Generalitat. Eran sus manos más largas y sus intérpretes y mensajeros más fieles. Interlocutores indispensables para quienes, desde dentro, aspiraban al progreso económico o, desde fuera, intentaban asentarse en Cataluña. Grandes personajes de CiU. Ahora, Oriol Pujol, hijo del Pujol al que llamábamos molt honorable -otra expresión polisémica -, en su calidad de portavoz de CiU en el Parlament, acaba de anunciar la suspensión de militancia de los dos notables de su partido que, junto con otros del PSC, están imputados en la trama de corrupción urbanística de turno, algo inseparable del folclore nacional e hiperdesarrollado a orillas del Besós. En un gesto de singular ternura y evidente compañerismo, el hereu del ex president, veterinario de carrera, ha manifestado el «apoyo y afecto» de su partido hacia los suspendidos de militancia.

Hace noventa años, Julio Camba, magistral y preciso, escribía en estas páginas que los catalanes «ayudados del mar, de la tierra... y de los aranceles han pasado del periodo heroico al periodo industrial. (...) Su cocina es sabrosa y barata. Su moral es menos austera que la moral de Castilla, y también es barata». ¿Qué podría añadir yo, que sólo soy de La Coruña, al certero y magistral diagnóstico de Camba que, además de ser de Pontevedra -de Villagarcía de Arosa-, es paradigma incuestionable en este pobre oficio de contar lo que pasa y tratar de valorarlo sin demasiadas ofuscaciones?