La Tercera

De la pornografía al porno

«Con el porno hemos entrado en el mundo, tan simple, de lo genital: todo excreciones y gratificaciones. Es un mundo del cual fue borrado aquel excedente sagrado de lo erótico que debía proyectar el absoluto bajo máscaras mundanas. En Sade, en Réage, en Robbe-Grillet, en Bataille…, se jugaba un combate con el infinito. Que acababa en derrota, pero que era grandioso»

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«Pornografía» es un vocablo fechado. Un neologismo que, para fingirse intemporal, forja la narrativa libertina en el último tercio del siglo XVIII. Para esas fechas, el libertinismo ha olvidado ya sus orígenes, de herejía arcaizante en la Ginebra del XVI, donde Calvino se afanó en exterminarlo. Y vagamente recuerda haber sido, en el XVII, la variedad francesa del maquiavelismo. Libertinismo pasa a designar, en este final del siglo de la Ilustración, la apuesta por el trastrueque de los usos privados que anticipa el vendaval revolucionario de 1789.

Cuando Rétif de la Bretonne recurre a esa palabra-armario, que amalgama dos vocablos griegos, porné (prostituta) y grafía (escritura), ningún lector se engaña sobre la astucia: dar respetable filiación clásica a una narrativa