Es de Pontecesures y se llama Constantino

Por IGNACIO RUIZ QUINTANO
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LA teoría de Camba era que a Madrid un gallego tiene que venir a ser ministro, porque, si no, teniendo en cuenta las penas del viaje, le trae más cuenta marchar a Buenos Aires. Constantino Méndez es un gallego de Pontecesures que se presentó en Madrid hace dos años dispuesto a ser, si no ministro, Angelito (Galarza) de la tercera República, y ahora, de pronto, se encuentra de vuelta a su pueblo en un tren botijo por una histeria ministerial: el caso Bono.

Todos los que hayan visto «Patton» saben que ni un solo hijo de p... ha ganado jamás una guerra dando la vida por su país: «La ganó -explica Patton- haciendo a otros pobres cabrones idiotas morir por su país.» Así de claras estaban las cosas hasta que Rodríguez decidió hacer ministro de Defensa a Bono, el hijo de Pepe, el de la tienda, que dijo (el ministro, no el tendero): «Prefiero morir a matar.» Y para demostrarlo se apareció en una manifestación de víctimas del terrorismo (ahora, «insurgencia», «resistencia», etc.) donde, en contra de sus previsiones, le soplaron el flequillo, con los consiguientes aspavientos y desmayos de marquesa propios de todo buen señor que prefiera morir a matar. Y ardió Troya. Lo de Mesala en «Ben-Hur» buscando culpables por la teja que le había caído al centurión es una broma al lado de la Némesis que se desató en Madrid para vengar a Bono. En la capital cayeron dos militantes de la oposición política, y en provincias hubieran caído más, si la policía de provincias, más lista que la de la capital, no hubiera pedido órdenes judiciales que nunca llegaron.

-Si el ministro dice que le han pegado, le han pegado, y eso no se cuestiona -dijo el comisario.

-Habrá detenciones -declaró el delegado del Gobierno a la Prensa.

-Habrá detenciones -repitió el ministro del Interior en la radio.

Y las hubo. Dos, aunque pudieron ser más. Y eran ilegales, una cosa tan fea que en una democracia, al decir de los columnistas de progreso, sólo la hace Bush en el limbo de Guantánamo. Entonces vinieron los ayes, a moco tendido en el caso del comisario que prohibía cuestionar las collejas al ministro. La instrucción del caso, sin gateras por donde pudiera escaparse el gato, parecía perfecta como una verdad en números redondos del juez Carlos Valle. La sentencia, durísima. Y Constantino Méndez, por decir lo mismo que había dicho su ministro, a chiflar a la vía de Puentecesures. «Fue un gran delegado», acertó a despedirlo López Garrido, metido a gitana de capotes del partido.

Constantino Méndez era autor de un «Libro Blanco» del chapapote y vino a Madrid con la promesa de «civilizar» la gestión de su antecesor, Ansuátegui, que había sido muy «militarista». Aquello sonó a «Yo viacé un corrá». Y lo hizo. Una vez, para regocijo de los cuatro gamberros de la plaza, cometió el «presidenticidio» que suponía «purgar» a la única autoridad que sabía de toros, Juan Lamarca, del palco de las Ventas. Otra vez se llevó la estatua de Franco en Nuevos Ministerios, para regocijo de Víctor Manuel, el bardo que, vivo el dictador, le escribía odas, y muerto, insultaba a sus estatuas. Y así. Los números, al parecer, lo volvían loco, y, acostumbrado a las manifestacionciñas del «Nunca mais», a las que iban un grajo y su disecador, nunca resistió a la tentación de sisarles manifestantes a los colectivos sociales que protestaban en la capital: familias, gays, víctimas del terrorismo... De la presidenta de Madrid dijo que no le caben dos ideas en la cabeza, cuando todo el mundo sabe que es mujer con fama de tener un ojo puesto en lo suyo y el otro en lo de Gallardón. Un fue, un es y un será cansado es hoy este escudero del ministro Alonso cuyo único consuelo es hacer suyas las primeras palabras del canto de Simeón: «Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace.» Que no quiere decir que haya dimitido, sino que, como siervo de su Señor, ya puede descansar en paz.