Políticos y jueces

¿La ruptura del frente soberanista es auténtica o una finta en la partida que vienen librando con el Estado?

José María Carrascal
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LO que ha hecho el juez Llarena es condenar a Carles Puigdemont a 20 años de destierro, a vagar por Europa como un catalán errante, a envejecer lejos de su familia, amigos, tierra. No por nada, el destierro era la mayor pena en la antigua Grecia tras el asesinato. De ahí que el jolgorio con que sus seguidores han acogido la retirada de la euro orden de detenerle no se explica, a no ser que quieran quitárselo de encima, pues empezaba a ser un engorro para ellos. De ahí también que la gran incógnita de si la ruptura del frente soberanista es auténtica o una finta en la partida que vienen librando con el Estado español para acercarse, con un rodeo, a la independencia. Hay hechos y argumentos para ambas versiones. Su farol anterior –saltarse la Constitución, celebrar un referéndum, declarar la independencia creyendo que el Estado no reaccionaría– les ha fallado. Parte de sus líderes están en la cárcel, otros, fugitivos de la Justicia. Han logrado, sí, importantes avances: tumbaron al Gobierno español que les hizo frente y el que le sucedió acepta que el problema catalán es político y debe resolverse «votando». Sin ser el buscado referéndum de autodeterminación, se le aproxima. Algún tribunal europeo les ha comprado que no cometieron rebelión, sino malversación. Pero ya han visto cómo ha terminado. Su gran problema sigue siendo la Justicia española que, con la Corona, son los baluartes de la Constitución. Mientras el actual Gobierno, en vez de esgrimir el 155 cuando hablan de secesión, les hace gestos amistosos. Y no olvidemos que controla la Fiscalía General del Estado, con poderes en la apertura de causas y fijación de penas. El viento sopla a su favor.

Pero los políticos son vendedores de ilusiones, como la que Sánchez ofrece al problema catalán: un nuevo estatuto, incluidos los artículos eliminados por el Constitucional con redacción más digerible, a votar en el Parlament primero, en el Congreso después para, sin darnos cuenta, estar en la república catalana. ¿Nuevo? No. Es el plan Zapatero, «os daré lo que me pidáis», reciclado. Quien puede hundirlo, paradójicamente, es el propio Puigdemont, que ha lanzado una opa sobre el secesionismo con un nuevo partido, la crida, yéndose él de rositas mientras los demás siguen en la cárcel y afrontan sus procesos. Principal perdedor es Junqueras, que se resiste a servir de chivo expiatorio y pide antes su liberación. Pero Puigdemont insiste en la república catalana ya, con el Gobierno español del brazo y propicio, aunque fiarse de Sánchez es como confiar en las pitonisas de TV. ¿Resistirán nuestros jueces? Porque del PP molido que emerge de sus primarias poco hay, de momento, que esperar, y Ciudadanos aún no tiene masa para evitarlo. El escenario parece el de la tormenta perfecta y lo único que nos da ánimo es que España se ha visto en apuros mayores y salió intacta, con desperfectos, eso sí, más o menos graves. Aunque tanto va el cántaro a la fuente...

José María CarrascalJosé María CarrascalArticulista de OpiniónJosé María Carrascal