La política o la melancolía

GABRIEL ALBIAC
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ES el perseverar en lo anacrónico lo más extraordinario del siglo en que vivimos. Seguimos repitiendo lo aprendido, cuando ya nada significa. Quizá porque da pánico atisbar hasta qué punto el mundo al cual pertenecían esos ritos se extinguió. Esta melancolía plácida me acuna en cada nueva convocatoria a las urnas: Galicia y Vascongadas ahora; después, las europeas. Y el mismo ritual solemne, el grave sortilegio de las pobres gentes a las cuales se exige que crean -creamos- dar vida a esto que nadie se ocupa en inquirir por qué casi teológico motivo llamamos democracia; y que sin remedio sospechan -sospechamos- que nada están haciendo que no sea dar sueldo fijo y respetabilidad enigmática a gentes que saben -sabemos- las menos fiables. Repetimos entonces, porque así se nos enseña, y porque contrariar lo convenido acaba siempre por tener consecuencias desagradables, repetimos la plácida resignación que es la carga más triste de ser hombre.

¿Qué es un «representante», esa función de Estado que se nos llama a elegir en las urnas? ¿Qué sagrada potestad lo inviste, como para que concedamos, no sólo mantener con largueza su institucional holgazanería, sino aun revestirla -es lo más misterioso- de honor retórico? La representación fue una suplencia, exigida por secas constricciones materiales: las que definían tiempos y distancias propios al último decenio del siglo dieciocho, que fue el que diera cuerpo en la Francia revolucionaria a tal concepto; los tiempos y distancias que alzaban su muro entre un ciudadano de la Gironda o de Toulouse y el edificio donde la Asamblea discutía y aprobaba leyes. Bien que mal, con desfallecimiento o gloria o mezcla de ambos, la representación jugó su papel durante dos siglos. Bien que mal, en torno suyo se tejió el paradójico mundo moderno: en las borrascas intermitentes del siglo diecinueve; en el huracán perfecto del veinte. Los más inteligentes acabaron por entender que aquel era el coste más bajo: seguir pagando a los representantes, aun inútiles; e irse desentendiendo de la litúrgica ficción de las urnas. La abstención masiva es el signo menos equívoco de la madurez política. Que cabe en una máxima moral: ante lo inevitable, eludir elogios. Pagar impuestos, que los partidos políticos acabarán por embolsarse, es necesario para evitar lo peor; votar, no. A eso se reduce el saber ciudadano. Simple defensa propia.

Vivimos -desde hace apenas dos decenios- en un mundo de la presencia. Universal e instantánea. Y presencia y representación se excluyen. Espacio y tiempo han sido volatilizados. Desde la soledad de un islote del Índico, un hombre puede adquirir su entrada para el Met neoyorkino; o leer un rarísimo volumen de la Biblioteca Nacional de París; o coordinar un equipo de investigación bioquímica disperso en media docena de ciudades; o asistir a un concierto de los Stones en Sidney; o consultar una cita de Orígenes en la Patrística de Migne de la Universidad de Georgetown; o conversar con una novia o un amigo que optaron por buscarse la paz en Laponia; o hacer saltar la Bolsa de Tokio con un par de astutas operaciones... No puede -no se le permite- hacer lo más sencillo: aquello a lo cual suple malamente un Parlamento: decidir; todos. La paradoja es divertida: la representación suplía a la presencia. Hoy, la presencia es universal y barata. Es norma en todo. Menos en política. Los «representantes» en un mundo «presencial» son anacrónicos. Pero quizá sea mejor no tocarlos. Nunca se sabe de lo que son capaces. Paguémosles sus impuestos. Olvidemos votarlos. Es la melancolía: poder ser libres; no serlo. Poder ser todo; ser nada.