Isabel San Sebastián

Póker de damas por la dignidad

Isabel San Sebastián
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Sepultada bajo el ruido de esta campaña interminable, ha pasado prácticamente desapercibida la noticia del acuerdo «de cooperación» suscrito entre los ejecutivos del País Vasco y Navarra, gobernada por una coalición de fuerzas defensoras de integrar al viejo Reino en la Euskal Herría mítica soñada por Sabino Arana. Si no bastara con la deriva sediciosa que ha emprendido el nacionalismo en Cataluña, si no fuese suficientemente elocuente el auge de Podemos, favorable a la autodeterminación, ese acuerdo probaría por sí solo hasta qué punto está vivo el proyecto político de ETA.

Con esta ETA «derrotada» Valentín Lasarte pasea libre por San Sebastián mientras María San Gil sigue escoltada

La banda goza de magnífica salud, aunque no mate. Los asesinatos nunca fueron el objetivo de los terroristas, como sugiere la equiparación simplista establecida intencionadamente entre fin de la violencia y fin de ETA. Matar fue únicamente un medio; el medio empleado por los independentistas, en otras circunstancias históricas, para alcanzar una meta que entonces parecía imposible y hoy divisan ya cercana. ETA no está derrotada, por más que se empeñen algunos en repetir la consigna. ¡Qué va a estarlo! Lo único derrotado aquí, como puso de manifiesto en Madrid una María San Gil pletórica de lucidez y coraje, es nuestra dignidad.

Compartían la tribuna Ana Velasco y Ana Iribar, dos mujeres de bandera, heroínas de la libertad, con Isabel Benjumea, presidenta de la Red Floridablanca, convocante del encuentro. Una militante popular de base, tan valiente como osada, alzada en firmas públicamente para pedir un congreso abierto que devuelva al PP a ese tiempo en el que «el partido se encaró con ETA y le dijo: no vas a ganar». Un tiempo anterior a que la claudicación y el embuste ocuparan el lugar que habían defendido gentes como Gregorio Ordóñez o la propia María, presente en esa sala repleta de huérfanos en busca de familia política. Anterior a que Valentín Lasarte, asesino de Gregorio, se paseara libremente por las calles de San Sebastián mientras ella, testigo del crimen, tiene que salir escoltada y recibe a diario insultos que permanecen impunes.

Fue un acto humilde, emotivo, nostálgico. Un homenaje a las víctimas todavía hoy ayunas de reparación, como, por ejemplo, Jesús Velasco Zuazola, padre de Ana, abatido a tiros en Vitoria en 1980, sin que sus verdugos, Ignacio Aracama y Lorenzo Ayestarán, fuesen siquiera procesados pese a existir un escrito de acusación firmado por la Fiscalía. Ella y sus hermanas demandaron al Estado por esa imperdonable negligencia. No solo no obtuvieron amparo, sino que las condenaron a pagar 6.000 euros en costas por atreverse a molestar. Pero ETA, dice la versión oficial, ha sido ya derrotada.

Fue un acto de reivindicación y de rabia. Rabia como la de Ana Iribar, viuda del concejal donostiarra, que se dejaba la vida en representación de unas siglas mientras en la sede central de ese grupo, recordó sin arredrarse, «se estaban repartiendo sobres». «La historia de ETA es la historia de la indignidad perfecta e igual de indigno ha de ser necesariamente su final», resumió con precisión de láser esa belleza norteña. Porque seguir adelante sin renunciar a la risa no puede significar plegarse a falsear la verdad.

Fue un acto desgarrado y a la vez idealista. Un grito de rebeldía frente a la resignación. La exposición de una memoria que vaga en busca de justicia. Y, por parte de Isabel, un desafío al poder. Porque en el PP de hoy San Gil es una proscrita; la voz que expresa sin miedo lo que nadie quiere oír.

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