POETAS CALLEJEROS

Por Juan Manuel DE PRADA
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ESCRIBIÓ en cierta ocasión César González-Ruano, tratando de explicar su predilección por los asuntos pequeños, que con las grandes noticias le ocurría lo mismo que con las mujeres demasiado importantes y sabihondas. Al tratar de seducirlas, se apoderaba de él un complejo de fatiga previa, una «tristeza de no poderles descubrir ni las ostras ni la melancolía». En cambio, los sucesos fugitivos, las bagatelas de lo cotidiano, como las mujeres poco duchas en las ceremonias del cortejo, lo incitaban a escribir con un juvenil entusiasmo, como si se estuviese enamorando por primera vez. Algo parecido me ha pasado a mí al tropezarme con una gacetilla apenas visible entre la apretada tipografía del periódico, protagonizada por José Raúl Díaz Viera, un poeta callejero que ha logrado colocar casi un millón de ejemplares de sus folletos, apelando a la generosidad de los transeúntes.

Al instante me he acordado de Armando Buscarini, aquel niño poeta que tantas páginas perfumadas de una brisa canalla o elegíaca inspiró a Ruano. Buscarini llegó a Madrid con quince años recién cumplidos y cuatro lecturas mal digeridas de Bécquer y Emilio Carrere; poseído por una sagrada alucinación, empezó a publicar opúsculos entorpecidos de madrigales ripiosos en cuya portada siempre aparecía su retrato de gárgola lastimada y maltrecha. Como los libreros se negaban a exponer estos opúsculos en los escaparates de sus establecimientos, Buscarini se instalaba cada mañana en la calle de Alcalá y se desgañitaba proclamando las dudosas bondades de su numen. Al final de la jornada, harto de cosechar desdenes, se acercaba al Viaducto y, encaramado a su pretil, amenazaba con suicidarse, a menos que alguien le socorriese el hambre; al revuelo siempre acudía algún alma caritativa que lo invitaba a cenar un plato de callos en cualquier figón de la Morería. Así fue sobreviviendo Armando Buscarini, hasta que las zarpas de la locura se hincaron en su cuerpecillo enclenque, arrastrándolo en un itinerario pavoroso de manicomios y abandono.

En Salamanca, durante mis años de estudiante, conocí a otro poeta callejero, Remigio González, alias Adares, ya casi octogenario, que tenía pinta de mendigo aristocrático o patriarca bíblico; solía vestir una gorra visera y un fular que abrigaba su garganta calcinada de tanto berrear versos. A eso del mediodía, cuando la Plaza Mayor de Salamanca dimite de su quietud eclesiástica y se transforma en un pentecostés de gentes y de idiomas, Adares instalaba su puestecillo portátil junto a la iglesia de San Martín y se dejaba calentar por un sol sabroso como una hogaza de pan que le apaciguaba los temblores del párkinson. Solía bendecir a las guiris con piropos de un surrealismo cazurro y campesino y se dejaba fotografiar por los turistas que le compraban sus folletos, por los que deambulaba, desnuda y en alpargatas, una poesía imprecatoria y telúrica, como de un Neruda que se hubiese puesto tibio de chorizo y tintorro de taberna. Adares se fue quedando poco a poco afónico, hasta que una mañana despertó muerto y aterido, como el pájaro del cuento de Oscar Wilde.

¿Cómo será este José Raúl Díaz Viera, poeta callejero, plusmarquista de las ventas a la intemperie, que ayer asomaba su existencia de bruma a una gacetilla del periódico? En las escasas ocho líneas que dedicaban a su epopeya secreta, se especificaba que vive en Getafe, patria adoptiva de Silverio Lanza, lo cual añade mucho misterio a su biografía. Tengo que salir en su búsqueda, para ofrecer su daguerrotipo urgente a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan. ¿Cómo será este José Raúl Díaz Viera, embajador ambulante de las musas, vigía furtivo de la luna, buhonero de palabras que captan su brillo a la luz esmerilada de una farola?