El plagio

Por Jaime CAMPMANY
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Pensar que Cela haya plagiado una novela titulada Carmen, Carmela, Carmiña es un disparate divertido. Para que Cela cayese en la tentación de copiar una novela, y esto es sólo una hipótesis de trabajo, esa Carmen, Carmela, Carmiña tendría que haberse llamado por lo menos Erundina Tortajada y Pijotón del Cerro, alias la Meliflua, natural de Zarza de Montánchez, provincia de Cáceres, viuda de boticario y que padecía el mal de madre desde que perdió al maromo, un mocetón bien guarnido que presumía de levantar, sin manos y sin dientes, una caja de botellas de agua de Carabaña hasta más arriba de media vara. Cuando a doña Erundina le daba la pataleta histérica olvidaba por completo su natural meloso y comprensivo y fingía ataques de epilepsia que siempre terminaban en furor uterino. Bueno, ya escribiré cualquier día la verdadera y peregrina historia de doña Erundina Tortajada y Pijotón del Cerro, alias la Meliflua, a ver si me la plagia Cela y le saco un cumquibus.

A lo mejor el hijo abogado de doña Carmen Formoso, la autora de la novela, ha confundido a Cela con Ana Rosa Quintana, que se encuentra retazos de novelas ajenas en el archivo del ordenador personal. Todos los días, apenas levantado, santiguado y rasurado, tratado el cutis con leche after shave, y los sábados incluso duchado, lo primero que hago es registrar mi ordenador personal, a ver si me aparece alguna novela de Cela, un romance de José Hierro o, con mucha suerte, un soneto de don Francisco de Quevedo, y fabrico un best seller de retales. O encuentro algo que hayan escrito los ángeles para que yo lo plagie. A san Isidro Labrador le araban los ángeles el campo, y no sé yo por qué razón no me van a poner los ángeles en el ordenador el artículo nuestro de cada día. Bueno, en realidad los ángeles lo ponen, pero yo debo adivinarlo primero y escribirlo después.

O quizá el abogado, hijo de la susodicha escritora, ha confundido a Cela con doña Julia Maura, que tenía alquilado de negro al poeta Manuel Martínez Remis, un golfales enrollado y quedón, que le metió aquella chufa de las «terceras» de Oscar Wilde, tío Oscar para los leídos de la retambufa. Hay muchas historias de plagios y de negros. La más bonita es la de Alejandro Dumas, que se le murió el negro que le escribía los folletines, y andaba desesperado pensando que tenía él que aplicarse a escribirlos. Y en esas andaba cuando se presentó un individuo desconocido con el folletín del día ya escrito. «¿Pero usted quién es?» Respondió el sujeto: «Yo soy el negro del negro».

Don Eduardo Aunós, que llegó a ministro de Justicia, o sea, como Fernando Ledesma, tóquese usted el níspero don Claudio, tenía un negro para cada libro porque le gustaba cultivar varios géneros y cambiaba mucho de argumento. Es muy conocido lo que se decía de él, pero lo repetiré por si todavía hay alguien que esté en el guindo, por ejemplo ese joven escritor en castellano con sintaxis francesa. Pues de don Eduardo Aunós se decía que si hubiese leído todos los libros que había escrito, sería sabio. Bueno, esto se puede decir de muchos políticos, esos oradores, conferenciantes y escritores que tienen bula pontificia para utilizar negros.

Me parece difícil que Cela haya utilizado alguna vez un negro para que le escriba un libro. Si el negro escribiera como Cela, ya habría conseguido el Premio Nobel. Y también me parece difícil que copie algo de alguien. Cela ni siquiera se plagia a sí mismo, y si no, vayan leyendo desde el principio, a ver si encuentran algo del Pascual Duarte en Pabellón de reposo, o del Viaje a la Alcarria en La catira, y así hasta Madera de boj o el Homenaje al Bosco II, La extracción de la piedra de la locura o El inventor del garrote, que no parece precisamente hijo de Carmen, Carmela, Carmiña.