El pintor Ricardo Arredondo

Por JULIÁN MARÍAS, de la Real Academia Española
Actualizado:

SE está celebrando en Toledo, en Santa Cruz, una gran exposición de la obra de Ricardo Arredondo (1850-1912). Era aragonés, de Teruel, pero muy joven se estableció en Toledo, llamado por su tío, canónigo de la Catedral. Pintó enormemente Toledo y su paisaje, de lo que mucho se enamoró; hizo una admirable recreación de la belleza de esos parajes, calles, casas, monumentos, el Tajo, las diversas vistas desde todos los puntos posibles. Dejó una visión pictórica de ese conjunto, acaso sin comparación posible.

Por un azar, estuve desde muy pronto familiarizado con esa obra y con lo que fue su entorno. Los padres de mi mujer, Lolita Franco, conocían a las sobrinas de Arredondo. Tenía una hermana con cuatro hijas, a las que conocimos durante muchos años. Tenían personalidades diferentes, todas simpáticas. Fueron envejeciendo, muriendo una tras otra. Cuando la última cumplió cien años le hicieron una pequeña fiesta y una entrevista; le preguntaron si había tenido novio, y contestó que muy jovencita lo había tenido, un cadete de la Academia de Infantería. Dijo: no sé dónde estará ahora; como la juvenil novia estaba cumpliendo un siglo, pensé que podría ser comandante de las milicias celestiales. Ella murió cuando se disponía a cumplir los ciento uno. Vivían en una bonita casa antigua, junto a la Puerta del Cambrón, maltratada por cañonazos durante la guerra civil, en parte ruinosa.

Arredondo había hecho exposiciones durante su vida, sobre todo en el extranjero; estaba preparando una en Alemania cuando murió; dejó gran cantidad de cuadros, algunos sin terminar, que quedaron «congelados» porque su hermana y luego sus sobrinas consideraron poco distinguido venderlos. Solamente algunas personas, entre ellas Marañón, tuvieron conocimiento de su obra, que apenas circuló. Poco a poco la necesidad las obligó a desprenderse de algunos cuadros, procurando que fuesen a manos de personas distinguidas, conocedoras, como algunas familias procuran que sus hijas queden «bien colocadas».

Hace ya muchos años que Enrique Lafuente Ferrari, admirador de esa obra, organizó una exposición en la Biblioteca Nacional de Madrid, de la que hizo el catálogo. Se proponía escribir un libro sobre Arredondo, pero no llegó a hacerlo. Ahora se puede conocer la obra de este pintor, totalmente ligado a Toledo, autor de una visión amplísima de la ciudad y su entorno.

Poco a poco se va descubriendo que la cultura española de todas las épocas, incluidas las «deslucidas», casi siempre desdeñadas, ha sido valiosa y creadora. La literatura, la música y las demás artes, el pensamiento, todo ello ha tenido un cultivo que no desmerece de lo que se ha hecho en otros países o en épocas más gloriosas. Se descubre además que casi todo ello ha tenido un acento propio, un estilo particular dentro de la tradición europea en que se inserta. Lo que ha ocurrido es que ha predominado entre nosotros una mirada distraída, desdeñosa, superficial, que ha pasado por alto muchas excelencias.

Arredondo pertenece a lo que se llama la Restauración: los últimos decenios del siglo XIX, el primero del XX. Fue amigo del gran pintor Beruete, más amplio que él por sus temas; pintaron a veces con sus caballetes juntos, y en su visión de Toledo no era inferior Arredondo. Fue también amigo de Galdós, otro entusiasta de Toledo, que pasaba temporadas en el Hotel del Lino -en el que nosotros pasamos algunos días-. En ese contexto hay que situar a Arredondo, tan representativo como los escritores de su generación.

Era «realista», si se entiende por ello fiel a la realidad, en este caso visible; pero era una visión libre, interpretativa, creadora. Sería quimérico reducirla a una fotografía -que por lo demás puede también ser creadora-. La gran variedad de la obra pictórica de Arredondo, que apenas dejó rincón toledano por explorar, aparece unida por lo que se llama un estilo: una unidad de perspectiva, una recreación personal de una realidad vivida, vista en cien escorzos diferentes.

Pocas veces se ha dado una interpretación global y coherente de un trozo de realidad española, urbana y paisajística, que representa ya de por sí una larguísima tradición histórica. Toledo es una viejísima ciudad, que ha cruzado largos siglos, que ha recibido el influjo de diversas culturas que han ido dejando su sello en las piedras, en las diferentes formas de vivir el paisaje. Por el Tajo ha pasado casi toda la historia de España, dejando su huella, su depósito, sus proyectos de cada momento. Fue un centro capital de la España visigótica, pasó a forma parte de la España musulmana, desde 1085 volvió a la Cristiandad, fue la Ciudad Imperial de Carlos V; luego, siglos de cierto decaimiento, momentos de decadencia, todo ello con una interminable serie de vidas humanas que se fueron sucediendo hasta hoy. Lo que se encuentra en tantas obras de arte, sin olvidar por supuesto al Greco, lo que se revive en forma inolvidable en Galdós, baste recordar «Ángel Guerra», todo ello da a esta ciudad un espesor histórico asombroso, una densidad incomparable, sostenida por su emplazamiento, por ese espacio reducido entre el Tajo y las montañas, que ha concentrado a Toledo, en algún sentido lo ha inmovilizado, lo ha conservado hasta hoy en una admirable riqueza que los grandes creadores han ayudado a conservar, a alumbrar, que nos permiten poseerlo.

Una versión visual de todo esto representa la obra casi desconocida, poco menos que olvidada, de Ricardo Arredondo. Su conocimiento, que ahora empieza a ser posible, permitirá incorporar a lo que poseemos una perspectiva que va más allá de lo que hasta ahora teníamos. Los monumentos de Toledo entre el Alcázar y la Catedral, la obra entera del Greco, tan íntimamente ligada a esta ciudad, el paso de un tiempo larguísimo, que se ha remansado en la limitación de esas edificaciones comprimidas por el terreno, limitadas, intensificadas, permite tener una visión particularmente fuerte de lo que ha sido la historia entera de España. Toledo significa una de las mayores condensaciones de la visión de una España tantas veces desatendida, a la cual con demasiada frecuencia se ha intentado volver la espalda.