La piel de toro

Por Ignacio RUIZ QUINTANO
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En Inglaterra, una dama eminente por su hostilidad a la Iglesia volvió de un viaje a Palestina en un estado de alborozo. «Al fin me he enterado de la verdad -dijo a sus amigos-. Todo lo que se cuenta de la crucifixión lo inventó una inglesa llamada Ellen. El guía me mostró el mismísimo sitio donde ocurrió. Hasta los curas lo admiten. Llaman a su capilla la Invención de la Cruz.» Así arranca el prefacio de la «Elena» de Evelyn Waugh, quien, por cierto, no es una dama, sino un caballero, hasta el punto, además, de aclarar que el propósito de su novela no es desilusionar a la famosa dama, sino recontar un viejo relato.

Ahora, ¿quién inventó todo lo que se cuenta de la piel de toro?

Porque, tal como hace dos mil años la describió Estrabón, que nunca estuvo en España, el cartel de España 2002 es una piel tendida al sol: «Una piel tendida en el sentido de su longitud del Occidente al Oriente, de modo que la parte delantera mire al Oriente, y en el sentido de su anchura, del Septentrión al Mediodía.» Una piel roja y abierta como para recoger el maná bajo un sol amarillo y estrellado como un huevo de Lucio anuncian la presidencia española de la Unión Europea. Desde luego, para la literatura y el chauvinismo, esa piel sólo puede ser de toro, que hasta Piqué ha puesto, al presentarla, sonrisa de gitana de capotes.

Europa va de mujer y, en la literatura ramoniana, la mujer admira al toro como al que raptó a Europa, y lo mira con pasión, como al cisne se lo mira con voluptuosidad. Modestamente, creo que a España le pega más un toro, «figura esencialmente fálica», en opinión de Michel Leiris, que un cisne, figura esencialmente priápica, en opinión del doctor Marañón. Sin embargo, sorprende que todavía no haya salido ningún tonto de los de guardia -tontos «ab absurdo», como un reloj de cuco o un zapato impar- a dar la alarma de «¡Toros en España!» para llamar a la «yihad» contra el cartel de España 2002.

Anunciar la presidencia europea no es anunciar una de aquellas grandes corridas patrióticas que toreaba Caracho para ayudar al empréstito extraordinario de otra de tantas guerras que sólo servían para renovar los brindis guerreros de siempre, los últimos, los de la guerra con Norteamérica: «¡Brindo por el Ejército de mar y de tierra y porque no quisiera sino que se volviera un yanqui el toro! ¡Viva España!»

¿Es de toro la piel de España 2002? Nada nos aclara Estrabón, en cuya época el nombre de España aludía a la abundancia de esos conejos que el Levítico prohibe comer, pues rumian y no parten la pezuña. La impresión es que, al comparar la península con una piel, Estrabón piensa no en un conejo, sino en un buey, animal categóricamente superior al conejo, pero, también categóricamente, inferior al toro. No hay valores sin jerarquías y, si bien un toro puede volverse buey, ningún buey puede volverse toro. La prueba es que a los de Estopa el toro de Osborne se les ha vuelto cochino -como le pasó a Juan Cristóbal con el caballo del Cid-, no al revés. Y, puestos a escoger un animal totémico, frente al gallo francés, la raposa inglesa, el cuco suizo o el oso alemán, uno prefiere verse representado por un toro que por un buey, aunque cueste Dios y ayuda explicar la diferencia a los turistas que visitan la plaza de Madrid, que está hecha un establo. Se conoce que Gallardón, su responsable, que va de melómano, no ha leído a Leiris, para quien todo cuanto dice Nietzsche de la música en «El origen de la tragedia» puede aplicarse a la tauromaquia.

Si el siglo XX comenzó para nosotros con Don Tancredo, que el siglo XXI comience con el toro es «progreso», palabra totémica que ya ha hecho suya el PP para su próximo congreso, aprovechando las dudas de Zapatero entre el «patriotismo constitucional» de Habermas y el «tancredismo constitucional» de Bergamín. El dilema del socialismo tancredizado es a quién representar: ¿al buey de labor o al toro de lidia?