Por peteneras

Se trata de un barco amarillo, lo más parecido a una cáscara de plátano flotando

POR MONTERO GONZÁLEZ
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Se trata de un barco amarillo, lo más parecido a una cáscara de plátano flotando sobre las aguas del Estrecho. Y es famoso por remover el fondo del mar buscando los tesoros perdidos de una historia que a todos atañe. La misma que cuenta como, desde la barra de Sanlúcar a Estepona, y más allá todavía, se extiende un cementerio marino donde reposan galeones cubiertos de alga parda y vientre lleno de chocolatinas.

Desde hace la tira de años, mercenarios sin escrúpulos ni memoria trabajan a destajo en nuestros archivos. Los muy perros recogen información que luego emplean para expoliar aguas y fauna. Cada vez que el asunto se ha denunciado, los barandas de la Administración han venido a decir, poco más o menos, que eso sólo pasa en las novelas que escribe el Pérez-Reverte de los cojones. Sin embargo, esta vez, la mano invisible que regula el mercado ha hecho sonar sus pulseras en la oscuridad de los cines. Y es de tal largura que alcanza todo lo que hay detrás de la pantalla, llegando a tratos con la Disney, productora de «Piratas...» y, por si fuera poco, acariciando la bragueta de Wall Street. La casualidad se convierte en causalidad cuando ambas cosas coinciden en el tiempo. Y así ha sido que el otro día, de acuerdo con el estreno de la peli de marras, los del barco amarillo hicieron el anuncio de su descubrimiento. Un botín rebosante de chocolatinas y otras chucherías que, muy pronto, se convirtieron en bonos para pegar braguetazo bursátil.

Cada vez hay menos dudas al respecto y, como no podía ser de otra manera, los herederos de Drake y Morgan, insuflados por el espíritu calvinista de la Biblia apócrifa, inventaron el capitalismo con la siniestra intención de hacernos naufragar en él. Y entre una marea y la siguiente, ahora resulta que las chocolatinas encontradas por el barco amarillo son más nuestras que de ellos. Como diría el Pérez-Reverte de los cojones corridos por la furia, España sigue siendo la misma puta de siempre. La que además de recibir plátano, pone la cama.