La perplejidad de un inmigrante

Por M. MARTÍN FERRAND
Actualizado:

Todavía no tengo muy claro si la nueva Ley de Extranjería, esa chapuza en la que el Gobierno de Aznar y el Grupo parlamentario del PP no estuvieron sincrónicos, me beneficia o me perjudica. Crecientemente, ante la incapacidad para entender lo que me rodea, me siento inmigrante en España. No sé de dónde vengo, pero sé dónde estoy y conozco los recovecos y las personas de por aquí. Manejo con cierta soltura las bibliotecas, las tabernas y los mentideros del lugar; pero, dada mi acrisolada vocación de negro, debo ser subsahariano. Quizás sea ecuatoriano, rumano o, con menos pretensiones, un morito del Rif. A nada que mi naturaleza coincidiera con mi biografía, que debe de ser un sueño o una resaca, me sentiría más sólidamente español; pero, no. Es evidente que he llegado a las playas del ABC dormidito en una patera. De ahí que le agradezca tanto a Jaime Mayor Oreja su contradictoria propuesta de aplicar la Ley con acentos humanitarios.

Si yo fuera de aquí, podría indignarme, sorprenderme o incluso aprender algo de la historia de mi oficio cuando Jesús Polanco nos dice que la Prensa —¡pobrecita!— desencadenó la Guerra Civil. Bien traído el asunto en el día de San Francisco de Sales, cuando el Rey se dispone a dar su primera recepción a los periodistas. Incluso podría excitarme con el certificado del CGPJ de que Javier Gómez de Liaño nunca ha sido expulsado de la carrera judicial y con los botes y rebotes que ello introduce en la más solemne que enjundiosa Sala Segunda del Supremo.

Si fuera de aquí, participaría en la indignación que muchos autores manifiestan, llenos de miedo, contra la SGAE o tomaría parte de los piquetes que pretenden pedirle sus cuentas benéficas al baranda de ANDE. Estaría perplejo ante un Tribunal de Defensa de la Competencia que, además de no corresponderse con ninguno de los tres enunciados de su rótulo, propone que los activos «sobrantes» en la fusión de Endesa e Iberdrola se vendan en subasta sin saber, o sabiendo, que sólo hay dos teóricos optantes a tales bienes. Porque parece imposible la presencia de inversionistas —inmigrantes acomodados— que vengan de los confines de la Tierra a comprar una central generadora en Plasencia.

Si verdaderamente fuera de aquí, en lugar de haber buscado en la reventa entradas para poder asistir esta semana a los espectáculos de Tricicle y Les Luthiers, habría comenzado ya la lectura de los discursos completos de Celia Villalobos, Miguel Arias Cañete o Federico Trillo. Si fuera de aquí, no sentiría extrañeza alguna porque la cuota de la Cámara de Comercio, entidad privada de afiliación obligatoria, me la recaudara la Agencia Tributaria, mecanismo seguramente inconstitucional que, como se sabe, tiene algún problema de personal en Barcelona.

Decididamente no soy de aquí. Soy inmigrante a la espera de que alguna ONG alivie mis penas o, más fácilmente, que las demagogias que el PSOE extiende sobre los de mi condición suavicen mi triste situación. Como tengo papeles —¿será por papeles?— es posible que haya ejercitado mis derechos a la hora de elegir alcalde. Y eso sí que no me lo perdono.