Pedro Laín Entralgo

Por GONZALO ANES, director de la Real Academia de la Historia
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RECUERDO a Pedro Laín cuando era rector de la Universidad de Madrid, y ministro de Educación Joaquín Ruiz Giménez. Eran años aquellos de apertura —de la apertura posible— promovida por hombres de espíritu libre que deseaban fomentar el entendimiento entre los españoles. Para conseguirlo, quisieron comenzar por la reforma de la Universidad y hacerla más libre y abierta a las corrientes científicas que, desde el extranjero, permitieran ampliar las que se mantenían y acrecentaban en España. Quienes fuimos estudiantes universitarios en el decenio 1950-1960, sabemos muy bien lo que significaron la acción y la labor de Ruiz Giménez, de Pedro Laín, de Enrique Tierno, de Luis Díez del Corral, de José Antonio Maravall, de Luis García de Valdeavellano y de tantos otros que, como profesores en la Universidad, hicieron con su saber y con su ejemplo que pudiéramos aprovechar sus enseñanzas y adquirir una formación equiparable, en lo esencial, a la de los universitarios de otros países de Europa. Desde fuera de la Universidad, Ortega, Marías, Baroja, Azorín, Pérez de Ayala, Dionisio Ridruejo y tantos otros que no cabe citar aquí, contribuyeron con su obra y con su presencia y acción inteligente a mantener las tradiciones culturales anteriores a la guerra civil.

De Pedro Laín, como hombre de letras, como autor de libros de ensayo y de obras de historia, no cabe aquí ni siquiera presentar una brevísima relación de títulos. Ya en fechas tan tempranas como las de junio de 1964, se refería Dámaso Alonso a la «grandeza y complejidad» de la obra de Laín, al contestar a su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia. Y, desde entonces, han sido muchos los libros que publicó Laín y muchísimas las conferencias y los cursos que dio. No obstante, sigue siendo válido el principio, del que fue autor el propio Laín, de clasificación de su obra: 1) historia del saber médico; 2) antropología general; 3) preocupación por España y sus problemas; 4) crítica intelectual y literaria. Si a comienzos del decenio 1960-1970 podía clasificarse la obra de Laín en estos cuatro apartados, los libros que escribió después también pueden distribuirse en ellos. Las posibilidades clasificatorias no significan que la obra de Laín sea divisible, por ser variados los asuntos y problemas de que trató en los distintos libros que escribió. Toda su obra tiene una clarísima vocación unitaria por muy variadas que sean las conclusiones que puedan extraerse de ella, de su parte central.

A Laín, como historiador, le interesó siempre lo que pensaron, lo que dijeron los hombres del pasado, desde los tiempos más remotos hasta los nuestros, sobre los distintos aspectos del comportamiento humano que a él le atraían. Así, contribuyó siempre a arrojar luz sobre esos asuntos, al examinarlos según fueron analizados y presentados en el pasado, pero contribuyó también, con este método, a que pudiéramos ver, de forma enriquecedora, las distintas épocas. Siempre -claro está- impulsado por una acción de amor como móvil del conocimiento. Toda la obra de Laín parte de un centro antropológico, con inmensa variedad exterior. En libros como Medicina e Historia (1941); La espera y la esperanza (1957); Teoría y realidad del otro (1961) se aúnan los planteamientos filosóficos y el análisis histórico en una siempre, en Laín, irreprimible necesidad de investigar el pasado.

Como catedrático de Historia de la Medicina, Pedro Laín desarrolló importantísima labor modernizadora de los estudios sobre el saber médico en el pasado. Supo crear, alrededor suyo, un ambiente cultural grato y perpetuarlo en sus discípulos. Hay un antes y un después en la Historia de la Medicina en España, desde Laín. Fundó y dirigió el Instituto Arnaldo de Vilanova de Historia de la Medicina en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Fue director de la revista Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica, a la vez que publicaba estudios biográficos tan útiles y rigurosos como los que reunió en el libro Grandes médicos, publicado en Barcelona en 1961. Una labor constructiva, aunque, en cuanto al análisis de determinados temas, se quejase, a veces, de cierta «infiel fidelidad», como en el tratamiento de lo hipocrático a lo que dedicó su lección cuando opositó a la cátedra de Historia de la Medicina, en la Universidad de Madrid. Tema recurrente éste en varias de las obras de Pedro Laín hasta presentarlo en el tomo en el que supo reunir el equilibrio entre la beatería tradicional hacia el mítico «padre de la medicina» y el análisis crítico del Corpus Hippocraticum, con la esperanza de que los médicos pudieran comprobar que la luz naciente del arte de curar no había «perdido del todo su antigua virtud lumínica». El libro sobre la medicina hipocrática es de 1970.

Julián Marías reconoció, al celebrar los noventa años de Pedro Laín, el gran mérito que tuvo como historiador de la medicina, por haber hecho «algo asombroso»: elevar el nivel y el alcance internacional de la Historia de la Medicina, con libros como este sobre el Corpus Hippocraticum o como el que dedicó a la Historia clínica.

Si Laín destacó como historiador de la medicina, sobresalió también, en la España del siglo XX, como escritor de gran talento sobre cuestiones filosóficas, literarias y de historia general. En los últimos años, centró su interés en hacer un examen sincero y personal de cómo el hecho y el problema de ser cristiano se presentan en la sociedad plural y secularizada de occidente. En el libro El problema de ser cristiano, mostró lo religioso como hecho histórico-social y expuso cómo debería influir en la sociedad de hoy. La visión cercana de la muerte le hizo reflexionar sobre cómo envejecer. Dedicó su última lección, en la intimidad de las sesiones de la Real Academia de la Historia, a darnos cuenta de sus experiencias y de sus reflexiones, con una vida de trabajo dedicada a los demás.

Toda la obra de Laín es una importantísima contribución a la cultura y a la civilidad. Laín es equiparable a Marañón por sus saberes y por su gran curiosidad intelectual. También lo es por su concepción y práctica de la amistad, por sus convicciones irrenunciables sobre la convivencia y por sus afanes conciliadores.

Pedro Laín tuvo el tiempo y la tranquilidad, en sus últimos años, para hacer el balance de su vida y para dejárnoslo por escrito. A este propósito responde el libro Hacia la recta final, en el que pasó revista de su obra como hombre de letras. En estos años finales se veía, como los antiguos, con muchos recuerdos y con pocas esperanzas, aunque él sabía dar valor al corto plazo y esperar esperanzadamente. El libro es una muestra de cómo no se dejó ganar por la nostalgia para dedicarse enteramente a la revisión creadora, en la que siguió empeñado hasta su muerte.