El mal pastor y los nuestros

Estamos igual de mal, con el agravante de que ahora sabemos de lo que son capaces. En tiempos de Clinton, cuando intentaron por

ALFONSO ROJO
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Estamos igual de mal, con el agravante de que ahora sabemos de lo que son capaces. En tiempos de Clinton, cuando intentaron por primera vez dinamitar las Torres Gemelas, volaron las embajadas de EE.UU. en Kenia y Tanzania y perforaron el «USS Cole» en Adén, todavía no existía una percepción clara de lo que representaba Al Qaida.

Llegaron Bush, el 11-S, la masacre de Bali, el 11-M en Madrid y el 7-J londinense y el monstruo del terrorismo islamista adquirió cara, cuerpo y hasta alma en el imaginario popular.

También la idea de que las matanzas habían sido posibles por falta de previsión y por los pecados de los que gobernaban entonces EE.UU., Gran Bretaña o España.

Contrataron legiones de traductores y analistas, impusieron draconianas medidas de seguridad y crearon grupos de coordinación, para subsanar pifias del pasado.

Todo parecía resuelto y más cuando Obama peregrinó hasta El Cairo y desde allí, tendió la mano al mundo musulmán, alabó los logros de la civilización islámica y calificó de intolerable la situación de los palestinos en Israel.

Iba a ser un «nuevo comienzo». Han pasado seis meses de ese histórico discurso y la cosa pinta fatal. La amenaza de Al Qaida, con bases ahora en Yemen, Somalia y el Sahel, se ha incrementado y los problemas de seguridad, descontrol y falta de coordinación existentes el 11-S, siguen sin ser resueltos.

El día que un fanatizado comandante de origen árabe no ametralla a una docena de sus compañeros en una base de Texas, se encarama a un avión un niño rico nigeriano con explosivos o un agente doble, carcomido por el remordimiento y el deseo de ir al paraíso de Mahoma, elimina a toda la dirección de la CIA en el oeste de Afganistán.

Es para echarse las manos a la cabeza, porque si la antaño infalible Agencia Central de Inteligencia anda así, cómo estarán los nuestros.