Los pasos perdidos

Emana una cierta melancolía de quienes un día mandaron mucho y ya no

Luis Ventoso
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Mi columnista favorito no se ocupa de tormentas en vasos de agua. Las redes sociales le resbalan. Tampoco ejerce de tertuliano. Ni siquiera escribe en medio alguno porque se murió en 1592, a los 59 años, por unas anginas traidoras. Mi columnista favorito era culto, elegante y sereno, a pesar de que lo martirizaban las piedras del riñón. Pero a veces soltaba algún capón que sentaría bien a nuestra dicharachera clase política: «Nadie está libre de decir estupideces. Lo malo es decirlas con énfasis». También dejó sagaces definiciones irónicas: «El mejor matrimonio sería aquel de una mujer ciega con un marido sordo». E incluso una condena protoliberal de la cansina subcultura de la queja que padecemos: «A nadie le va

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