Pasados ya treinta años

GABRIEL ALBIAC
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EN la primera página de un diario francés que duerme el sueño de las hemerotecas, hay la foto de un Jimi Hendrix bajito, cuyo puño apunta hacia un grave palacio de la parisina Avenida Kléber. Por fortuna para él, está de espaldas. Pasaron ya treinta años.

Cuesta ahora recordar. O, más que costar, duele. Pero, en aquel inicio de los años setenta, la bruma espesa de las ideologías no se había aún desleído. Y la imagen de un Kieu-Samphan muy joven, entrando en Phnom-Penh al frente de un ejército de casi niños, quintaesenciaba un mundo de leyendas fantaseadas en el invernadero infernal de la Guerra Fría, bajo la épica vietnamita. Yo andaba por París entonces. Por el París, primero enardecido cuando los bombardeos de Haiphong y Hanoi, y, al fin, festivo ante el palacio grave de la Avenida Kléber donde la guerra cerraba su último capítulo. Eso pensábamos. Cuando el ejército de casi niños entró en la capital camboyana, todos creímos que aquello era tan sólo un epílogo. Alegre, al cabo de treinta años de fuego ininterrumpido sobre Indochina. Errábamos. Supimos pronto que era el salto a un nuevo círculo de Infierno.

Para la historia que comenzaba en Camboya, no había precedente. Las primeras noticias, muy pocos meses luego, parecían sacadas de las más locas alucinaciones utópicas. Y a mí me hicieron recordar al sopesado Francesco Guicciardini que hace balance, en 1538, del hecatómbico «Reino de Dios» que alzara Girolamo Savonarola en una desconcertada Florencia a la que él puso en la raya misma del suicidio en el final el siglo XV. La santidad es en política, reflexiona el autor de la Historia de Italia, inevitablemente letal, porque exige que sea allanado el obstáculo mundano que bloquea el acceso al ya atisbable Paraíso. En la hipérbole del utopismo más extremo, que fue la que puso en marcha el «Khmer Rojo», no se trataba siquiera de planificar futuro. Las puertas del cielo mismo habían sido franqueadas aquel 17 de abril de 1975; no sólo las de Phnom-Penh. Quedaba una tarea sólo de limpieza, apenas un esfuerzo higiénico: barrer los últimos cascotes de los tiempos viejos, borrar el pasado.

En dos lugares vive el pasado de los hombres: en la memoria de cada uno de quienes lo vieron, primero; y, cuando ninguno de ellos queda, en la escritura, ese poso paciente del recuerdo. El teorema a desarrollar por los «khmer rojos» escalofriaba por la pura sencillez de su planteamiento. El Paraíso -ellos hablaban, y era esa su diferencia, de instantáneo comunismo sin transiciones- exigía una limpieza general de los viejos residuos acumulados. Se procedió a evacuar los dos grandes contenedores de lo viejo: mente adulta y escritura. Ser hombre de una cierta edad era ya ser culpable; saber leer y escribir era no tener remedio. Sólo niños y analfabetos quedaban al abrigo de ese virus, los recuerdos del pasado; un virus cuya infección amenazaría de muerte al mundo recién nacido. La tarea era inmensa, y como tal fue abordada. No ha habido hasta hoy manera de establecer con precisión los datos. Entre un millón y medio y tres millones fueron exterminados. En cuatro años. La mayor parte de los responsables políticos de aquello siguen poseyendo el poder, hoy, en Camboya. Y ahora sólo, muy tarde y demasiado mal, unos muy pocos darán razón judicial del más extraño de los grandes genocidios del siglo veinte: el que limpió a un país de sus demasiado adultos y demasiado letrados. Cinco acusados. Treinta años luego. Dos millones de asesinatos.

Y alguien por quien pasaron esos años como pasan los milenios, recuerda una imprecisa foto, muerta como tantas cosas en el polvo de las hemerotecas. Cuesta ahora recordar. No cuesta; duele.