La partícula de dios

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Entramos en una sinagoga, atravesamos los bancos y llegamos al lugar más sagrado, donde se guarda, en un armario, en el tabernáculo... ¡un libro, la Torá! Es la palabra de Dios, la ley, palabra del espíritu, que el hombre interpreta a su libre albedrío. Y si entramos en un templo cristiano, después de recorrer la nave y llegar al altar, nos encontramos con el sagrario donde habita, nada menos, que Dios hecho hombre.

Hemos completado el círculo sagrado, el LHC de la religión: el espíritu y el cuerpo, la palabra y el hombre. Y así caminamos desde hace milenios en busca de una explicación que tantas veces se nos hace inexplicable como no sea desde la iluminación de la fe.

Ahora, después del más que probable descubrimiento por el científico estadounidense Craig Venter de vida sintética; y de los experimentos realizados con el Colisionador de Hadrones construido bajo la tierra ginebrina en una enorme circunferencia de 27 kilómetros, se plantea si eso es compatible con la existencia de un Dios, principio y fin del Universo, Señor de todo lo creado y lo increado, padre e inspirador de la vida. Confieso mi ignorancia, al tiempo que mi enorme curiosidad por todo esto. Por los quarks y los anti quarks, por la materia y la anti materia, por lo que es y lo que no es, por el bien y por el mal, por el cielo y por la tierra.

El otro día, Teresa Rodrigo, una científica española que trabaja en el experimento de Ginebra, trataba de explicarnos que uno de los objetivos fundamentales del LHC era hallar el «bosón», es decir la explicación de porqué las partículas tienen masa o, lo que es lo mismo, por qué existe materia en el universo. ¿Y todo eso que tiene que ver con Dios?, me pregunto. Pues que Dios es el misterio, que habita la región de lo inexplicable, esa zona que está «al principio» de la luz y de la obscuridad.