Paremos esta locura

POR JORGE DEZCALLAR DE MAZARREDO (*)ORIENTE Medio vive la que quizá sea la

POR JORGE DEZCALLAR DE MAZARREDO. Embajador de España
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ORIENTE Medio vive la que quizá sea la situación más peligrosa potencialmente de los últimos años. Los antecedentes remotos son la ocupación de tierras palestinas por Israel y el triunfo de Hamás en las últimas elecciones, con el subsiguiente estrangulamiento económico de la Autoridad Palestina. En este ambiente se produjo una premeditada provocación saldada con varios soldados israelíes muertos y uno secuestrado. Hamás pide la liberación de palestinos detenidos. Tel Aviv responde que no negocia con terroristas y lanza sus tanques y aviones contra Gaza, donde produce muchos daños. Las víctimas inocentes son siempre demasiadas.

Hizbolá, el Partido de Dios, de gran predicamento entre los chiitas y que cuenta con respaldo iraní, elige este momento para reactivarse en la frontera libanesa. ¿Una casualidad? Otro ataque y otros soldados israelíes muertos y prisioneros. Israel culpa al Gobierno de Beirut por no ser capaz de controlar lo que ocurre en su territorio y se lanza a destruir medio país, otra vez con altísimo coste en vidas humanas, mientras los cohetes Katyusha caen sobre objetivos israelíes cada vez más alejados de la frontera. También los civiles israelíes sufren y mueren en esta locura. El riesgo es que el conflicto se extienda y descontrole. Tel Aviv ha dicho que Irán está detrás de Hamás y de Hizbolá y que Damasco les proporciona los Katyushas.

El G-8 ha hecho un equilibrado llamamiento a la cordura que la ONU y otros han completado pidiendo el despliegue de una fuerza internacional en la frontera israelo-libanesa. Por ahora no les escucha nadie, pero estoy convencido de que el G-8 podría imponer una solución. Tuve la suerte de asistir en Nueva York, durante una presidencia española de la UE, a una reunión de ministros de Asuntos Exteriores del G-8 y allí me di cuenta de dónde se toman las decisiones para que el mundo vaya de cierta manera y no de otra.

El gran fracaso histórico de Israel es no haber conseguido en sus casi sesenta años de existencia ser aceptado como uno más entre los países del entorno geográfico en el que se ubica. Mantiene una innegable superioridad militar que garantiza su supervivencia en la peor hipótesis, pero sigue siendo en el fondo una tribu en pie de guerra que vive permanentemente al borde del ataque de nervios.

Hay dos razones que explican este rechazo. La primera tiene que ver con la diferente cultura de árabes e israelíes. Israel es un estado democrático entre otros que no lo son, un país con la mentalidad europea de los fundadores que convirtieron en un vergel los pedregales de Galilea, Judea y Samaria. Este desencuentro da lugar a desconfianza. El presidente Herzog resumía con humor esta situación cuando me decía: «Mire usted, yo nunca le compraría un coche usado a Arafat».

La otra razón es de más calado y tiene que ver con la tierra. Israel nació con la resolución 188 de la Asamblea General de la ONU con unas dimensiones territoriales imposibles, pues en un punto su anchura apenas alcanzaba los doce kilómetros. Abba Eban decía que los palestinos nunca perdían una ocasión de perder una ocasión y esta vez no aceptaron lo que consideraron una confiscación, lanzándose a una guerra tras otra apoyados por los hermanos árabes, guerras que Israel ganó y que aprovechó para aumentar su territorio alegando razones de seguridad. También ha construido un muro que pretende evitar los ataques suicidas. Pero cada vez los cohetes llegan más lejos y un muro o unos metros más de tierra ya no garantizan nada: en 1991 Israel fue atacado por Sadam Husein con misiles que sobrevolaron Jordania para alcanzar sus objetivos. Hoy Pakistán ha ingresado en el club nuclear e Irán trata de hacerlo.

Al final habrá que hablar para lograr un «modus vivendi» que permita que todos vivan en paz unos con otros. Negociar implica ceder en algunas cosas para lograr otras y para eso hacen falta grandes líderes, de esos que tampoco aparecen en los horizontes de una Europa bien necesitada de ellos. Avi Shlaim dice, en El muro de hierro, que Israel siempre ha buscado negociar desde posiciones de fuerza, y quizás estos bombardeos faciliten una disposición a hablar no tanto con Hizbolá, criatura iraní, sino entre Israel y Hamás, criatura palestina surgida de las urnas. No será fácil. Para Israel son terroristas, y Hamás sigue aferrada a la pretensión de desconocer la realidad que es y seguirá siendo Israel. Pero no hay otra solución. En esa negociación los dos tendrán que hacer sacrificios dolorosos. Debería animarles el pensar en lo muy cerca que se estuvo de un acuerdo definitivo en Camp David y en Taba.

A nosotros lo que ocurre en Oriente Medio nos afecta directamente al menos de cuatro maneras:

-En primer lugar, por pura solidaridad humana frente a quienes sufren. Es particularmente duro disfrutar de vacaciones viendo esas desgarradoras imágenes de gentes despanzurradas y de mujeres y niños sollozando entre restos humeantes de lo que fueron hogares felices.

-En segundo lugar, porque lo que está ocurriendo eleva el precio del crudo, ya insólitamente alto, y eso lo pagamos entre todos porque afecta a la marcha de la economía y a nuestro poder adquisitivo. Sobran los ejemplos.

-En tercer lugar, porque cabe el riesgo de que el conflicto se extienda a otros países. No es probable porque Siria e Irán se tentarán mucho la ropa antes de atreverse a desafiar a Israel, pero no es imposible. Salvo que no fueran ellos los que empezaran.

-En cuarto lugar, porque el sufrimiento de palestinos y libaneses es sentido como propio por las masas árabes que siguen la actualidad a través de la cadena televisiva Al Yazira, pródiga en narrar desgracias y vejaciones. Lo que está ocurriendo es percibido por esa masa anónima como una nueva humillación de la nación árabe, prueba del doble rasero de las Naciones Unidas y de la hipocresía occidental, y se traducirá en ataques terroristas por quienes sublimarán por esa vía sus frustraciones.

Por todo eso alguien debe parar tanta locura antes de que sea demasiado tarde.