PARALOGISMOS

por ÁLVARO DELGADO-GAL/
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EN España está perfilándose, a velocidad considerable, una figura muy impertinente y retozona: la del nacionalismo fiscal. Las más de las veces, el nacionalismo fiscal es una hijuela que le nace en el costado al nacionalismo a secas. Pongamos que es usted nacionalista de andar por casa. Como las emociones son expansivas, usted considerará al cabo de un rato que el otro -para el nacionalista siempre hay un otro hostil- le roba, además de su idioma o lo que fuere, su dinero. Y redondeará su nacionalismo primario con una herida o agravio fiscal.

Está menos estudiado el itinerario que conduce, desde el agravio fiscal, al agravio genéricamente nacionalista. Pero se han registrado ya algunos episodios interesantes. Tomen el caso de Italia. Bossi está intentando construir un nacionalismo septentrional, con más o menos fortuna. En principio, el proyecto bossiano constituye una contradictio in terminis. El Mezzogiorno fue incorporado a la corona de Saboya por la fuerza, en el curso de un denuedo piamontés por forjar la unidad de Italia. La expedición garibaldina que derribó a los borbones del sur, no sin resistencias autóctonas considerables, estaba formada, ante todo, por jóvenes burgueses de Milán y Venecia. Cayó el Reino de las dos Sicilias, y se fundó después, con la incorporación de Roma, el Estado nacional italiano. La cosa, sin embargo, empezó a torcerse pronto -la referencia clásica para todo esto, dentro de la literatura, nos viene dada por una mala novela de Pirandello: I vecchi e i giovani-. Y sigue sin enderezarse, o expuesto lo mismo en términos económicos, parece que el sur no arranca, y que los del norte lo padecen en su bolsillo. Por supuesto, los del norte no pueden decir que les ha invadido el sur. O que el sur les quita su ser. Todo lo que pueden decir, en estricta lógica, es que una porción de sus impuestos rebosa lejos del lugar en que trabajan o viven. Esto, todavía, no da para que engorde el nacionalismo. Pero existe un abracadabra lógico que despista a más de uno. Discurre así: «Los lombardos (o los vénetos, o los piamonteses) transferimos a los sicilianos más de lo que estos transfieren a la Lombardía. Yo soy lombardo. Luego yo, en cuanto lombardo, estoy manteniendo a mi costa a los sicilianos». La falacia es evidente. Usted tributa en cuanto que es usted, no en cuanto lombardo. Si usted es un lombardo pobre, le estará costando dinero a un rico de Palermo. Ahora bien, se ha interpuesto, entre su realidad como contribuyente, y su adscripción a un colectivo adventicio, una suerte de fantasma estadístico. Los balances que dan negativo para la Lombardía, parece que le afectaran personalmente a usted, que ha dado en la gracia de identificarse hipostáticamente con la esencia lombarda. Y al ver las cuentas se enfada, y dice que le sacan los cuartos, aunque no haya un cuarto que sacarle. Asistimos, in nuce, a la aparición de un nacionalismo por razones fiscales. Este nacionalismo, fruto de un malentendido estadístico, es la percha a la que anhela engancharse Bossi para pintar algo en la historia de Italia.

Los nacionalismos son fenómenos socialmente objetivos sobre los que no tengo intención de pronunciarme ahora. No parece inteligente, con todo, abrazar el nacionalismo porque se ha hecho uno un lío con la estadística. De modo que expondré, con propósito preventivo, algunos extravíos clásicos, derivados del manejo temerario de variables y promedios. Uno de los más divertidos se relaciona con la llamada «paradoja de Simpson». Se hizo famosa en los USA cuando las feministas pusieron el grito en el cielo porque el índice de admisiones en Berkeley era menor para las mujeres que para los hombres. Se estudiaron los números, y se descubrió que, tomados los departamentos uno a uno, la probabilidad de que fuera admitida una candidata era siempre mayor que la probabilidad de que fuera admitido un candidato. ¿Cómo explicarse el contrasentido? La clave estaba en que las mujeres padecían el sesgo de optar por los departamentos más exigentes. Pensemos en dos departamentos, X e Y. X admite sólo al 5 por ciento, mientras que Y franquea la entrada al 90 por ciento. Si el grueso de las candidatas opta por X, mientras que el grueso de los candidatos opta por Y, terminará habiendo más hombres que mujeres en el conglomerado X+Y, por mucho que la esperanza de entrar en uno cualquiera de los dos departamentos sea mayor para una candidata que para un candidato. La dicotomía hombre/mujer, imprudentemente superpuesta al proceso de selección, que atendía sólo a la capacidad del aspirante, sin distinción de sexos, ocasionó un sentimiento de agravio feminista.

Los errores más frecuentes brotan de confundir correlaciones con procesos causales. Imaginemos un mundo enteramente virtual. Allá lejos, donde Cristo dio las tres voces, habita una comunidad que se distingue por lucir el pelo verde. A la vez, esa comunidad sufre un déficit crónico en materia educativa. De resultas, es muy raro que un miembro de la comunidad apruebe las oposiciones a notarías. La variable «lo verde», y la variable «aprobar las oposiciones a notarías», se hallan fuertemente correlacionadas, en sentido negativo. ¿Es causa el pelo verde de que se naufrague en los exámenes que dan acceso al cuerpo de notarios? De ninguna manera. Lo que causa el cate notarial, es la falta de formación académica. Pero como la última aflige de modo general a quienes gastan melenas verdes, se ha expandido la convicción de que un tipo que gasta verde la melena, está incapacitado para ser notario.

Es fácil hacer una traslación fiscal de esta historieta. En nuestro sistema planetario, versión «La guerra de las galaxias», los selenitas son muy ricos, y los venusinos muy pobres. En consecuencia, los selenitas pagan más impuestos, en promedio, que los venusinos. ¿Se sigue de aquí que Hacienda persigue fiscalmente a los selenitas? No. A igualdad de ingresos, un selenita tributa lo mismo que un venusino. Pero el flash estadístico torna a deslumbrarnos con su resplandor, y no hay quien saque a los selenitas de la idea de que pagan porque son selenitas, y no porque ganan mucho dinero.

Descendamos, desde las alturas galácticas, al piso terrero de la historia. En la Europa premoderna, o aun moderna, los territorios sujetos a la autoridad de un príncipe o un emperador no se hallaban expuestos a cargas fiscales homogéneas. Unos territorios disfrutaban de privilegios, otros, no; con frecuencia se solapaban las jurisdicciones, y había que bailarle el agua a más de un señor. La circunstancia expresada por un gentilicio gordo -«natural de la provincia X»-, o por un gentilicio menudo -«natural de la villa Y»- guardaba una conexión no contingente con el monto del tributo. El hecho de que alguien sea catalán, sin embargo, no permite anticipar que pagará más que un gallego. La renta media catalana es, cierto, superior a la gallega. Pero también lo es la estatura. Y el de «estatura», evidentemente, no es un concepto territorial. Cuando James Naismith inventó el baloncesto, no estaba pensando en perjudicar a Galicia y beneficiar a Cataluña.

No creo que Bossi consiga reclutar a los jóvenes milaneses y venecianos para que inviertan la expedición de los Mil, y liberen al norte de la atadura del sur. No conseguirá nada, o si acaso, acelerará una bajada general de los impuestos. Y es que, como dije, el agravio fiscal tiende a derivar en agravio nacionalista allí donde había ya nacionalismo. He desgranado las observaciones que preceden con el solo intento de que no se eche, tontamente, leña al fuego. Sin mucha fe, la verdad. Allá donde hay fuego, viene un tonto corriendo, con su haz de leña bajo el brazo.