Las parábolas de Steiner

Por Valentí PUIG, escritor
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GEORGE Steiner es una poderosa inteligencia capaz de desvelar la catástrofe bajo el jardín. Las raíces de las palabras van al corazón de las cosas, dice Steiner. Tras la descomposición de la cultura occidental, la post-cultura habita entre elementos de naufragio y estéticas de la fragmentación. Al mirar a su espalda, el crítico -según Steiner- ve la sombra de un eunuco. Ese eunuco advierte a menudo que el acto clásico de leer hizo quiebra en 1914, en el Sarajevo de siempre. En «Errata», el hijo de judíos vieneses educado en el liceo francés de Manhattan repasa su vida y constata que, ante la música, los milagros del lenguaje son a la vez sus fracasos. Como premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2001, Steiner incrementa su presencia real en España para atajar esa conspiración bizantina que consiste en no leer a los clásicos sino la literatura secundaria que originan.

«En el castillo de Barbazul» sostiene que en la persistencia del antisemitismo se da el misterio de un odio sin objeto. Siendo imposible un sistema, el pensamiento de Steiner zigzaguea entre nociones medulares, como por ejemplo que ciertos orígenes específicos de lo inhumano «se encuentran en la larga paz del siglo XIX y en el corazón de la compleja fábrica de la civilización». Eso ya estaba en el marqués de Sade como, previamente, el naturalismo de Rousseau tiene un lado destructivo, de modo manifiesto. Entre tantos libros de Steiner, el lector detenta el poder de selección: son «La muerte de la tragedia», «Tolstoi o Dostoievski», «Lenguaje y silencio», «Después de Babel», «En el castillo de Barbazul» o «Presencia reales», entre otros. En sus excursos narrativos, un Hitler senecto protagoniza «El traslado de A. H. a San Cristóbal». «Pruebas y tres parábolas» urde tupidas ficciones en torno al mesianismo marxista o las oscuridades de la música.

En cualquier instante, Steiner aparece detrás de un Proust que contempla una tela de Vermeer. En la vida sedentaria del pintor de Delft y en la habitación acolchada de Proust se respira algo totalmente contrapuesto a la catástrofe y a la desmemoria homicida, algo que permite invocar una victoria del reino del espíritu. La banalidad es un riesgo de tanta entidad como el olvido porque la civilización es sustancia intelectual y memoria, lenguaje y silencio. De Marcel Duchamp dice Steiner que es el sacerdote supremo de la irrelevancia, precisamente porque se trata de que la articulación de todo lenguaje ponga reparos a la nueva barbarie. Al romperse la continuidad de una tradición viva también pierde sentido confiar en la palabra y en la idea. Todo se devalúa, perecen las jerarquías del mérito y carece de propósito la voluntad de elite.

No solo de George Steiner proviene la idea de que el lenguaje resulta imposible después del Holocausto, pero su formulación ha sido una de las más penetrantes, posiblemente porque a la vez conoce los ecos de toda continuidad de civilización que enlaza una imagen homérica con un poema de Milton o un pasaje impenetrable de Celan. Al otro lado de la vida, la evidencia de los genocidios lleva a Steiner a pensar que la cultura no nos hace más humanos. Aún así el arte ha de proseguir siendo una apuesta por la trascendencia, en pugna con la finitud. El lenguaje que sobrevive a la muerte del lenguaje es una de las mayores paradojas en el quehacer intelectual del nuevo premio Príncipe de Asturias.

La prosa intensamente alusiva de George Steiner se ha hecho imprescindible para entender la escritura jeroglífica de nuestro tiempo, las gramáticas del ADN, lo que va del indoeuropeo al Weimar de Goethe, el violín que suena en el gueto de Varsovia, la matemática del pensamiento, la trama que va de los presocráticos a Heidegger o los distintos rostros del Dios agazapado. Holocausto y «gulag» son el infierno como algo inmanente. La inmensidad de la Historia desemboca en todos los exilios. Una intrincada alianza entre literatura y ciencia -supone Steiner- llevaría a conocer mejor el horror y la belleza de nuestro tiempo. Es un tránsito constante por los territorios de la extraterritorialidad lingüística, aunque algunos de sus críticos pretenden que el poliglotismo de Steiner no es tan capaz como se da por supuesto. También se le pudiera achacar que extreme hasta la ininteligibilidad la articulación de lo que es inarticulable. Como ocurre cuando un crítico literario asoma más allá de los cotos minoritarios, Steiner atrae las reticencias de algunos de sus colegas, coleccionistas de lo que viene llamándose «steinerismos».

Más bien ajeno a esa jungla literaria y mecido por una erudición palpitante, en «Presencias reales» iba a lanzar un misil contra el nihilismo que se estaba amparando en el «fin de siècle». Ahí iba argumentando que el destino judío, incluso Auschwitz, gira en torno a la Epístola a los Romanos, cuando San Pablo dice que el judío, al rehusar el Mesías mantiene al hombre como rehén de la Historia.

En su conjunto y desde sus inicios, la obra de Steiner concibe la crítica literaria como una deuda de amor. Para todos es un tratado de lectura que en ocasiones se hace inaccesible tal vez porque anda a la zaga de un sentido tan remoto como los orígenes de la palabra o del pensar. Steiner es un retórico deslumbrante, incluso cuando se mete en un callejón sin salida. En sus espesuras, la singularidad de su estilo invoca de forma simultánea los cuartetos de Shostakóvich, los sonetos de Shakespeare y un autorretrato de Rembrandt. No es en vano que el pensamiento se impulse en la analogía más imprevista.

Cada época tiene sus propias masacres, pero no cabe duda que el período que comienza en 1914 es el más bestial de la historia registrada. Curiosamente, al final del siglo de la megamuerte, Steiner se considera como un anarquista platónico. «Toda experiencia modifica la conciencia», escribe en sus memorias. Ineludiblemente ha de constatar que la colisión entre la conciencia y las formas significativas, entre la percepción y la estética, es de las más potentes y puede transformarnos. Es la gran potencia de los clásicos, entendidos como forma significativa que nos «lee». En cierto sentido, la tarea de conocer a los clásicos es un acto de estricta supervivencia porque a veces ayudan a trazar la divisoria entre lo sagrado y lo profano, entre la celebración de la cosecha y una concentración nazi en Nuremberg.