La parábola del muro

HERMANN TERTSCH
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MONTECASSINO

ANTE el tsunami de mentiras del poder, les voy a contar una anécdota histórica que revela que las palabras de un poder tóxico no son nada frente a una realidad que, a veces, hace más trampas que los mentirosos. Muchos no recordarán a Günther Schabowski. No se lo reprochen. Era un miembro más del Buró Político de la SED, secretario del distrito de Berlín bajo el régimen comunista de la RDA. Era un lacayo más ante el jefe -Erich Honecker- y un tirano más ante los subordinados -el resto de la población-. Un aparatchik vulgar, un poco menos asesino que el jefe de la Stasi, Erich Mielke, y un poco más sofisticado que el jefe del ejército popular comunista, Heinz Hofmann. Los conocí a los cuatro. Seres vulgares, déspotas y lacayos, tristes escaladores del poder en los que todo respeto o dignidad era impostura.

Pero a uno de ellos la vida le ha dado tiempo para la autocrítica. Podíamos llamarlo también el examen de conciencia. Inopinadamente, de los cuatro fue el menos poderoso, Schabowski, quien hizo historia. El 9 de noviembre de 1989, el Buró Político encargó a Schabowski que diera una conferencia de prensa para anunciar reformas, siempre bajo un régimen socialista. En el fragor de preguntas sobre la libertad de viajar al oeste, un periodista italiano le preguntó a partir de cuándo. Y Schabowski, lo cuenta por primera vez él en un artículo memorable en Die Zeit esta semana, dijo que «desde ya». Nadie había dicho que se abrían las fronteras. Los berlineses lo entendieron así por radio. Acudieron en horas centenares de miles al muro. Y el muro cayó. Las mentiras habían sido arrolladas por la realidad.