Vidas ejemplares

Parábola eurovisiva

«No puede haber queja», declara el tal Miki tras quedar en el puesto veintidós

Luis Ventoso
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Eurovisión forma parte de eso que los anglosajones denominan «placeres culposos». Sabes que es una horterada notable, pero al final siempre acabas echando un ojo. Media también un componente nostálgico: en nuestra infancia de televisión en blanco y negro y de canal y medio (el segundo casi siempre estaba escachuflado), el festival constituía un hito anual, en el que incluso parecía jugarse el honor patrio. Hoy sus puestas en escena resultan de una sofisticación pasmosa. Aquello parece un concierto de Pink Floyd. La audiencia es inmensa -200 millones de televidentes- y curiosamente hasta se ha convertido en un referente de la comunidad gay. Este año se daba además la curiosidad de ver a Madonna en Tel Aviv, que desafinó con

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