Palacios y ensueños

M. MARTÍN FERRAND
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LLAMARLE «documento» a los tres folios que el Gobierno envió anteanoche a los partidos que ayer acudieron al Palacio de Zurbano, en el que se reunió la comisión pluripartidista que, con dos años de retraso, debe buscar soluciones a la crisis que nos aflige, denota una cierta manía de grandeza en Elena Salgado. Afortunadamente el anfitrión del encuentro fue el más pragmático José Blanco que, en el salón de los espejos del que fue palacio de los Mora y Aragón, acogió al pluriempleado Cristóbal Montoro y al neófito Álvaro Nadal, los enviados del PP y convidados de piedra en el acontecimiento, y a los demás parlamentarios delegados por sus respectivas formaciones, entre ellos Josep Antoni Durán y Lleida y Josep Sánchez Llibre que son, en principio, los más asequibles -bizcochables, diría un castizo- entre los asistentes.

El equipo que encabeza Salgado, dirige Blanco y adorna Miguel Sebastián busca cómplices, no colaboradores. Nombres y siglas que le alivien al PSOE el peso de impopularidad que, inexorablemente, arrastrará cualquiera de las medidas que, solo o en compañía de otros, pueda tomar el Gobierno. Las amputaciones oportunas han salvado centenares de vidas en todos los quirófanos, pero a nadie le complace ser cojo por eficaz y funcional que resulte la prótesis sustitutoria de su cercenada extremidad. Ante la crisis todos saben lo que debe hacerse, pero nadie quiere enfrentarse al coste de la operación.

Resulta alegórico que por los salones del palacio de tan singular encuentro, correteara de niña y jovencita la que fue reina de los belgas, Fabiola de Mora y Aragón, y que allí, quizás inspirada por los frescos con que adornó las estancias Arturo Mélida -mucho fauno y muchísimo caramillo-, escribió «Doce cuentos maravillosos», un libro que vió la luz en los cincuenta y en el que se desarrollan historias de hadas buenas y benéficas. Dado que España es, dramáticamente, diferente no se puede negar, por absurda que parezca, ninguna hipótesis de relación entre las causas y sus efectos. No olvidemos que un Gobierno que negó cerrilmente la evidencia de una crisis demoledora convoca ahora a los partidos para solucionarla y que, después de que la decadente vicepresidenta primera garantizara la estabilidad salarial de los funcionarios, ya solo se discute, con mentís o sin él, la cuantía de la rebaja y su fecha de aplicación. El poder es un ensueño degradado por la realidad.