El pájaro solitario

Juan Ángel Juristo
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La concesión del premio Nacional de las Letras a Juan Goytisolo viene a representar el reconocimiento oficial de un intelectual y escritor que hizo de la heterodoxia, de su rescate, de la consiguiente reivindicación y de su proclama gran parte del sentido de su obra. Ocurrió desde los años cincuenta, cuando era lector en París para Gallimard y meditó sobre ese tesoro soterrado de nuestra cultura que Menéndez Pelayo estudió con prolijidad en su Historia de los heterodoxos españoles. De esta manera, de los libros de viajes, bellísimos, que realizó por tierras almerienses, La Chanca, los campos de Níjar, pasó a hallazgos en los que perduró durante años, la obra de Blanco White, por ejemplo, que ayudó a colocar en su justa medida. De ahí le vienen sus libros más rabiosos y de los que sigo pensando que poseen aún su mayor potencial narrativo, Señas de identidad, Reivindicación del conde don Julián, Juan sin Tierra. Luego vienen una serie de libros que, creo, suponen su etapa más madura, Makbara, Las virtudes del pájaro solitario... hasta llegar a El exiliado de aquí y allá, un extraño texto donde desbanca el género de anticipación y la edición de sus Obras Completas, de los que ya hay editados cinco volúmenes.

Desde luego las facetas de Goytisolo son múltiples, al igual que los géneros en que ha profundizado, pero si hay una característica que perdure a lo largo de su dilatada obra es la de su extraña coherencia. Goytisolo siempre fue un apasionado de lo periférico y si en su obra primeriza el centro lo constituía aquella España que bien retrató Américo Castro, aquella que negaba las otras dos, luego esa delimitación, esa frontera pasó a la de la cultura occidental. De ahí sus amores por Estambul y Marrakech, ciudades que constituyen los límites de dos vastas culturas, la cristiana y la islámica, de ahí su interés por las sociedades mixtas, ya se constituyan en Sarajevo, París o Nueva York. Reivindicación del mestizaje. De su excelencia.