País de ilusiones

SANTIAGO GRISOLÍA
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Además de confiar en los Reyes Magos, España siempre ha sido un país de milagros y todavía lo es, porque nos gusta creer en ellos. Es un país en el que, como en Italia, se aprueban muchas leyes que, frecuentemente, si se puede evitar no se cumplen. El país está bastante desorganizado, no tanto como Italia, pero también, allí como aquí, funciona, y eso es evidencia de milagros.

Algunos amigos, especialmente Ignacio Buqueras, se quejan, y con razón, de los horarios vigentes en España, pero si a eso añadimos los comentarios precedentes y siguientes, está claro que no es que los españoles no quieran trabajar y ser eficaces sino que no pueden hacerlo, especialmente estos días de profundo desconcierto laboral. Para los que, afortunadamente aún tienen trabajo, pueden hacerlo en menos de una tercera parte del año. Así, hace unos meses descubrí con sorpresa que desde el 17 diciembre hasta después de Reyes, no se programarían consultas de rutina para atender a los pacientes en uno de los hospitales públicos. Pero nadie parece escandalizado por tales cosas: lo más importante que hacer es hablar de la crisis, pensar en y ocuparse de fiestas, lotería, etc. Por ejemplo, después de Año Nuevo y Reyes queda una semana de resaca, por lo que el trabajo se reanuda hacia mitad de enero.

Así pues, desde esas fechas y hasta los primeros días de marzo, para la Comunidad Valenciana, son días de trabajo efectivo, en que se pueden organizar jornadas y reuniones aunque hay que vigilar para evitar problemas con las fiestas oficiales en otros territorios de la nación. En marzo vienen las Fallas, y después Semana Santa, y aunque a primeros de junio se puede hacer algo, desde el 15 de junio o así, ¡ya hay que prepararse para el verano!. Esencialmente, hasta el 15 de septiembre es arriesgado el intentar hacer simposios o actividades que necesitan una participación masiva, como bien sabemos en la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados. Sin embargo, desde el 15 de septiembre hasta primeros de diciembre hay que apresurarse para todo lo que hay pendiente, especialmente asuntos oficiales, cierre de contabilidades y memorias, etc.

Y así podríamos seguir al infinito hasta que haya un poco más de sentido común y se establezcan los mismos horarios en todas las comunidades autónomas y, también en que reduzcamos el número de fiestas, porque en los tiempos que corren, no están para demasiadas alegrías.

El español, contrariamente a lo que se dice, es trabajador, sociable y creativo. Desgraciadamente, la actual sociedad nos ha imbuido la absurda idea de que se puede prosperar sin esfuerzo, y que el que trabaja es un «primo». No sólo ocurre en España, la Italia de los años cincuenta promocionó a los «furbi», los espabilados que vivían sin trabajar y trapicheando. El español, profundamente inquieto, se aburre en esta sociedad tan mecanizada, y se dedica a perder todo el tiempo que puede, porque se le dice que trabajar es de idiotas, y tener valores morales, ridículo, y, en un deseo de encontrar un estímulo vital, acaba por conducir a grandes velocidades por las carreteras jugándose la vida, o viendo los malísimos programas, generalmente violentos, de las televisiones que no merecemos.

Los españoles son capaces de trabajar mucho y con imaginación. Así en todos los laboratorios se rifan a los científicos de nuestro país, como ocurrió durante los años de emigración, cuando los españoles eran bien recibidos en Europa, por su creatividad y eficiencia.

Porque, en esta sociedad de consumo, las vacaciones tampoco se usan muy bien: hay que hacer cosas, irse lo más lejos posible, aunque sea por un día o dos y desde viajar en los famosos «puentes», a irse a playas de la otra parte del mundo en el verano, para pocos días, cuando en realidad tienen otras maravillosas en España y que seguramente no conocen.

Pero los cambios hacia Europa no se están llevando a cabo al mismo ritmo en todos los terrenos. Con las madres trabajando y esforzadas por cumplir los requisitos que tradicionalmente se exigían al ama de casa española, durante las vacaciones escolares las mujeres no saben qué hacer con los niños, que acaban siendo una carga para los abuelos, y resulta muy difícil a los estudiantes volver a la dinámica del trabajo después de unas vacaciones muy prolongadas.

Al terminar la Primera Guerra Mundial, y aprovechando que el marco alemán estaba devaluado con respecto a la peseta, la Junta de Ampliación de Estudios aprovechó para traer a España a catedráticos alemanes, quienes destacaban por trabajar muchas horas al día y con la disciplina germana. Con poco tiempo, y cuando ya empezaban a conocer nuestro país, y con pocas excepciones, se adaptaron a las costumbres españolas, incluyendo el ir al café, en el que en aquellos tiempos se organizaban tertulias y se pasaban horas charlando.

A mi regreso a España, me traje a una de mis técnicos de laboratorio, alemana, muy eficiente y reentrenada en Estados Unidos, quien en poco tiempo se acostumbró a los hábitos españoles y pasó enseguida a desayunar en el bar. Efectivamente, en este país, al parecer, casi nadie desayuna en casa. Y desde luego, ningún o casi ningún funcionario. No estoy muy seguro de esto, pero el desgraciadamente desaparecido Dr. Gomar aseguraba que a la gente le gusta gastar.

Y el clima y las tradiciones de trasnochar y demostrar una posición social tantas veces inexistente, ya descritas en los Hijosdalgos de Quevedo y Cervantes, no ayudan.

Manuel Fernández Álvarez, en su gran obra «Felipe II y su tiempo», conocido por algunos como «el prudente», nos recuerda que el Rey no fue siempre tan trabajador, así en su juventud fue un gran mujeriego, además de su últimamente popularizado romance -debido a la reciente película «La conjura de El Escorial» con Rosanna Pastor-, con la princesa de Éboli en su madurez. Según otro gran historiador, Felipe II fue amigo de Arias Montano, el que estuvo muy influenciado por la secta llamada de la Familia ó Caritatis, y que, al parecer, también influenció o convenció de sus creencias al Rey. La historia nunca revela toda la verdad. Sin duda hubiera sido mejor para España que se hubiera incorporado a su cultura la reforma y la visión protestante del trabajo como virtud, en lugar de la todavía extendida idea de que trabajar, especialmente con las manos, es casi denigrante.

Por otra parte, muchas personas se han escandalizado tanto como yo de la propuesta, afortunadamente fallida, de disponer de una semana de sesenta y cinco horas laborales, ni de que a los médicos pretendan descontarles del sueldo las horas de guardia en que no están atendiendo pacientes. Todo ello, además de ser lamentable sería un intento de retroceso de los derechos sociales adquiridos con tanto esfuerzo por mi generación y la siguiente. Como ven, yo también creo en los Reyes Magos.