Editorial ABC

El orgullo de un legado universal

Que el indigenismo que cuestiona las gestas de Colón y Elcano haya calado con tanta fuerza tiene mucho que ver con los complejos que arrastramos en España

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La bendición de la bandera del buque-escuela Juan Sebastián de Elcano -en la iglesia en la que antes de zarpar rezó Magallanes con sus marineros- abrió ayer en Sevilla el programa de actos con que España conmemora el quinto centenario de la primera circunnavegación, gesta que hace quinientos años marcó el comienzo de una era definida por la universalidad, no solo comercial, sino cultural, y que transformó el mundo, desde entonces articulado por las rutas que lo surcaron para poner en contacto a los más diversos pueblos del globo. Tras el descubrimiento de América y las posteriores expediciones que partieron hacia las Indias, España contribuyó con la empresa dirigida por Magallanes y completada por Elcano a exportar un desarrollo y un conocimiento que hasta entonces habían sido patrimonio exclusivo de la civilización europea. Si cada gran nación del Viejo Continente y en distintos momentos de la historia ha aportado al mundo alguno de los elementos que lo caracterizan -del Derecho a la democracia, pasando por la Ilustración-, España ha de estar orgullosa de haber contribuido a ensanchar sus fronteras y de exportar el legado que desde la antigüedad fermentó en su cultura, construida sobre las bases del helenismo y el humanismo cristiano.

Heredero de la «leyenda negra» que, sin bases históricas, contribuyó desde primera hora a cuestionar el valor y el significado de la conquista emprendida por la Corona de Castilla, el indigenismo de nuevo cuño denuncia en los últimos años la magna obra trasatlántica de España, ingrediente esencial de la modernidad de nuestro propio tiempo y precedente inmediato de una aldea global con la que soñaron todos los grandes pueblos, pero que solo nuestro país supo materializar a comienzos del siglo XVI. Que este indigenismo sectario y revanchista haya calado con tanta fuerza -incluso en Estados Unidos, donde se suceden los episodios de un revisionismo marcado por la incoherencia y la visceralidad- tiene mucho que ver con los complejos que arrastramos en España, y no solo entre quienes se dicen «progresistas», incapaces de apreciar el significado de una gesta que, con más luces que sombras, contribuyó a mejorar las condiciones de vida de los nuevos territorios. El franquismo, régimen que basó su propaganda en la épica de una historia de la que se consideró legítimo heredero, pesa demasiado para reconocer el valor de la expedición de Magallanes y Elcano. De forma torpe y reactiva, la España democrática dio la espalda a su mejor pasado y renunció al orgullo de su paso por la historia, gestas sin ideología cuya celebración, obligada, ha de contribuir a articular un sentimiento nacional que también es víctima de los complejos.