Día del orgullo friki

IGNACIO CAMACHOERA una buena canción. Fresca, pegadiza, sencilla. Incluso

POR IGNACIO CAMACHO
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ERA una buena canción. Fresca, pegadiza, sencilla. Incluso cuarenta años después lo sigue siendo; aún suena bien, aunque el tiempo le haya restado la frescura. Aquellos tipos, Manolo y Ramón, el Dúo Dinámico, conocían su oficio. Y Massiel era un huracán de juvenil insolencia descarada. Sí, hablo del «La, la, la» y no puedo evitar cierta nostalgia de cuando Eurovisión era una atractiva competición de música ligera -Cliff Richards, Gigliola Cinquetti, Sandie Shaw, Abba- y no el Día del Orgullo Friki.

Ayer me encontré con Manuel de la Calva en el backstage de Antena-3. «Sí, se compraron los votos», me dijo con un aire cómplice y cansado de ironía. Luego me contó que él mismo había sacado de España un maletín con dinero para ayudar a Serrat, al que el plante había dejado en situación difícil. Me dio por pensar en qué puesto hubiese quedado el Noi de Poble Sec, que cantaba el «La, la, la» con la dulce melancolía de sus baladas machadianas; no habría habido en las arcas del régimen dinero para sobornar jurados capaces de hacer ganar a aquel chico tan sobrio de mirada huidiza que entonces parecía exiliado de sí mismo, envuelto en la desubicada pesadumbre de una generación indecisa. La vida da muchas vueltas; aquel Serrat que se negó a cantar en castellano fue pronto acusado por los puristas de la «nova cançó» de renegar del catalán para venderse a la lengua del Imperio. Y triunfar, claro, como el juglar venturoso y popular que ha sido; el nacionalismo lo prefería mártir y derrotado, juguete prematuramente roto al servicio de una causa simbólica. Lo cantaba él mismo, con su sencilla y hasta cándida simpleza, ya en aquel tiempo incierto: «Profeta ni mártir quiso Antonio ser / y un poco de todo lo fue sin querer».

Sea como fuere, la sombra y los ecos de Serrat, Massiel o el Dúo Dinámico se proyectan hoy como un telón de fondo sentimental y nostálgico sobre el estrafalario perfil postizo de Rodolfo Chikilicuatre, que no es un cantante sino un personaje, un holograma, una ficción. En ese espejo cóncavo del esperpento y la parodia se refleja el proceso de trivialización del espectáculo televisivo, una potentísima hoguera de banalidades virtuales en la que arde a toda combustión la leña de la vulgaridad, el mal gusto, el populismo de barraca. No es cuestión nacional; si Massiel se batió con Cliff Richard, un icono del pop británico, el friki del Chiki-Chiki competirá esta noche con otra colección de estrambóticas rarezas, un abigarrado y selecto elenco de espantajos, una apoteosis del cutrelux, lo mejorcito de cada casa. Inventos de usar y tirar, imperio de lo efímero, carcasas de consumo rápido para cumplir la divisa suprema de divertirse hasta morir, según el maestro Neil Postman. The show must go on.

Ayer, mientras Massiel buscaba su vestido rosa de Courr_ges entre los estratos arqueológicos de nuestra intrahistoria, Manuel de la Calva me reveló con un guiño el gran secreto escondido cuatro décadas como un tesoro de Indiana Jones: «Los votos se compraron en El Corte Inglés». Y al desentrenado reportero de investigación que siempre quise ser se le olvidó, mecachis, preguntarle en qué planta.