El ocaso de los profetas

JUAN MANUEL DE PRADA
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CUALQUIER persona que se atreva a hacer augurios poco complacientes sobre el futuro que nos acecha es de inmediato arrojada a las tinieblas exteriores. Donde se demuestra que la nuestra es una época desesperada (esto es, idólatra): pues allá donde el hombre tiene esperanza, el vaticinio del profeta es acogido como signo de consolación y acicate de un cambio profundo de los corazones; pero allá donde el hombre carece de esperanza, el profeta es confundido con un agorero catastrofista y condenado al silencio que se reserva a los alborotadores. A los que se atrevieron a vislumbrar hace algún tiempo los avisos del derrumbe, nuestro presidente los tildó de «antipatriotas», que es más o menos lo mismo que el rey Sedecías hizo con Jeremías, acusándolo de estar al servicio de los babilonios, cuando profetizaba la destrucción de Judea si no se arrepentía de sus pecados; y lo mismo que los troyanos hicieron con Casandra, tildándola de loca, cuando se atrevió a vaticinar que el regalo que los aqueos habían dejado a las puertas de la ciudad -aquel célebre caballo de madera- provocaría su ruina.

La misión del profeta en las sociedades desesperadas (esto es, idólatras) es siempre infecunda -voz que grita en el desierto-, pues es rasgo distintivo de las sociedades desesperadas aferrarse al disfrute de las ventajas materiales adquiridas; y, cuando ese disfrute ensimismado -que es lo único que mitiga el sinsentido vital en el que chapotean- se pone en peligro, prefieren escuchar los engañosos cantos de sirena de quienes les predican melosamente una pronta recuperación. Entre los profetas autóctonos sacrificados por los cantos melosos de las sirenas merece destacarse al diputado Pizarro, que se atrevió a vaticinar en un debate televisivo el descalabro que nuestras cabecitas a pájaros pronto sufrirían; y no sólo fue castigado por las audiencias televisivas idiotizadas, sino también por sus conmilitones, que de inmediato lo condenaron al ostracismo. Otro profeta al que aguarda un similar destino es el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, a quien los mismos que lo nombraron tildan ahora de alarmista por atreverse a poner una nota discordante en el coro de sirenas; y a poco que se resista a cantar su misma canción melosa, lo aguarda otra condena al ostracismo.

Pero, a fin de cuentas, que los profetas surgidos en el seno de la idolatría sean acallados por sus conmilitones no debe provocar nuestro escándalo; pues es misión de la idolatría mantener a la gente desesperada, imbuyéndole la falsa creencia de que su única salvación se cifra en el disfrute de las ventajas materiales adquiridas que ahora se empiezan a disipar. Más pavoroso resulta que quienes tendrían que devolver la esperanza a la gente desesperada también renuncien a ejercer de profetas. Hace apenas unas semanas, Benedicto XVI recordaba a los sacerdotes que «es deber de la Iglesia la denuncia razonable y razonada de los errores que han provocado la actual crisis económica», añadiendo que tal denuncia no debía recurrir a difusos «moralismos», sino motivarse en «razones concretas y comprensibles» que hicieran visibles «los fracasos de un sistema basado en la idolatría del dinero», a la vez que exhortasen a «un cambio de ruta individual», intensificando «el trabajo humilde y cotidiano de la conversión de los corazones». Lo que Benedicto XVI estaba reclamando, en fin, es que la Iglesia no renuncie al don de profecía; pues el que profetiza -condenando la idolatría y llamando a la conversión- trae la esperanza a quienes están desesperados. Que los profetas sean acallados por los mantenedores de la idolatría es propio de nuestra época desesperada; que no surjan entre quienes tienen como deber combatirla, devolviendo la esperanza a nuestras vidas, empieza a olerme a chamusquina.

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