La obsesión por el tamaño

Por M. MARTÍN FERRAND
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ENTRE todos los pobladores de la selva amazónica posiblemente sean los jíbaros, aún siendo agricultores, los más belicosos. Un guerrero jíbaro, para empezar, le corta la cabeza a sus enemigos y, después, en un complicado proceso ritual la reduce, vaciándola de sus partes duras, a un tamaño mínimo. Tiene la convicción que, de ese modo, se apropia de la fuerza intelectual y del poder espiritual de quienes les resultan hostiles y algo debe tener de cierto tan bárbara liturgia porque, entre los ríos Pastaza y Marañón -en los límites de Perú y Ecuador- no hay quien se atreva a toserle a un guerrero jíbaro. Esa técnica de la reducción de las cabezas de los adversarios, aunque de manera menos cruenta, también se practica en Occidente. Los jíbaros hacen un cocimiento de los cráneos que quieren reducir y aquí, en avance tecnológico, se utilizan preferentemente los telediarios con idénticos efectos y mayor productividad.

El consejero delegado del Grupo Planeta, José Manuel Lara, también anda preocupado con esos casos del tamaño craneal y/o empresarial. Le preocupa al hombre, según veo en La Vanguardia, que a base de jibarizar sus empresas Barcelona pase a ser «la Santander del Mediterráneo», cosa que, por cierto, ya presintió Jorge Sepúlveda cuando oponía su «que bonita es Barcelona» a «Santander eres novia del mar». «El empresario catalán», dice Lara, «prefiere la independencia a la dimensión» y, para mejor demostrar su aserto, nos recuerda que, en los Sesenta, 140 entre los 500 primeros empresarios españoles eran catalanes y que hoy sólo 51 figuran en tan notable relación.

A pesar de su proximidad al poder político, gran jibarizador de cabezas ajenas, Lara olvida en su análisis-bronca al empresariado catalán un factor sustancial en el proceso miniaturizador: el nacionalismo. La reducción de horizontes que conlleva el fenómeno limita la escala de las piezas que se sumergen en él. ¿Sería multinacional y grande la Coca-Cola si hubiera antepuesto los valores, la cultura y los usos de Atlanta y Georgia, la contemplación de los Apalaches y los valores del Sur al marketing y la proyección mundial?

Salvo que uno sea jíbaro o nacionalista, dos hermosas maneras primitivas de entender la vida, no conviene prestarle demasiada atención al tamaño de la realidad; pero tampoco es cosa de empecinarse en crecer a toda costa. Se lamenta Lara de que quiso crear un proyecto de gran envergadura con ocho empresarios catalanes; «pero no fue posible» el entendimiento económico. Tampoco les gusta a los ribereños del Marañón que lleguen los jíbaros, con su faldita de algodón -«pampanilla» le llaman- y sus collares de plumas y conchas, y se pongan, cabeza va y cabeza viene, a dejar los cráneos de los vecinos del tamaño de un camote. En la Amazonía, en Barcelona y en Madrid sigue teniendo sentido el principio de que es mejor estar solo que mal acompañado.