ZP o el hombre oxímoron

IGNACIO CAMACHO
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LA característica más determinante del zapaterismo es la incoherencia. Líquido e inconsistente, el presidente ha hecho de la contradicción un estilo; falto de principios y carente de proyecto, ha convertido su política en un oxímoron perpetuo, en una continua refutación de sí mismo. La improvisación permanente ha derivado en un estado de esquizofrenia. Su palabra más solemne tiene la consistencia de una nube de vapor o de una cresta de espuma. Sus criterios más sólidos duran apenas unas semanas; los menos comprometidos se disipan en cuestión de horas.

En ese caótico vaivén, en ese desenfadado delirio pendular en que se mueve su gobernanza (?), Zapatero ha diluido incluso el valor de las rectificaciones, porque su política es un puro bandazo donde cualquier cosa cabe al mismo tiempo que su contraria. Por eso ayer no obtuvo un ápice de comprensión para su razonable plan de ahorro: lo había negado hasta antier con mayor intensidad de la que ahora utiliza para presentarlo como la panacea del déficit. Más allá de los detalles del ajuste, lo esencial es la falta de convicción; ese recorte representa justo el anverso de lo que hasta ahora defendía como su epítome ideológico.

El defensor de los derechos sociales no tiene credibilidad para reducirlos. El enfático protector de las pensiones no puede convencer a nadie de su congelación. El afanoso paladín de los salarios públicos carece de autoridad moral para bajarlos. El apóstol de la política indolora no ofrece confianza para practicar cirugía de hierro. Acaso se trate de medidas necesarias, pero todo el mundo sabe que no cree en ellas -porque lo ha repetido él mismo hasta la saciedad- y que se las han impuesto Merkel y Obama a golpe de teléfono para rescatar al país de una zozobra financiera provocada por su frivolidad en el gasto. Al asumirlas por la vía turbo del decreto-ley, envainándose sin empacho todas sus anteriores proclamas, revela una absoluta inconsistencia de principios que tritura cualquier atisbo de respeto a sus propias ideas. Se ha autodemolido como figura política. Todo su empeño político iba en dirección contraria y ha fracasado; al reconocerlo con una claudicación tan manifiesta no debería tener otra salida que apartarse y dejar que sea otra persona -de su propio partido si no quiere convocar elecciones- la que busque el consenso para llevar a cabo un ingrato y necesario programa de ajuste duro. Con un pacto de Estado que ahora es imposible.

El sacrificio exigido por la crisis requiere de un liderazgo sólido y convincente para el que Zapatero ha demostrado no estar en condiciones. No se puede pedir a la sociedad un esfuerzo de ese calibre con el aire renuente y desabrido del que despierta a empujones de una fantasía autoengañosa. Por muy volátil y tornadizo que se haya acostumbrado a ser, el presidente está ya inhabilitado para volver a llevarse la contraria a sí mismo.