O cambia Zara, o cambia la Bolsa

Por José Mª GARCÍA-HOZ
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Diez, nueve, ocho, siete… La salida a Bolsa de Inditex/Zara empezó su definitiva cuenta atrás ayer mismo, cuando se abrió el plazo para la formulación de mandatos de compra. Como ocurre con los ingenios espaciales, la operación se puede abortar hasta el último segundo, pero sólo una catástrofe imprevisible obligaría a detener el lanzamiento bursátil de Inditex. Después de muchos meses de costosos análisis, estudios, presentaciones, valoraciones, ya han sido tomadas todas las decisiones importantes, excepto la del precio definitivo.

Estamos, nadie lo duda, ante una operación de primera importancia. Al cabo, Inditex/Zara es el segundo grupo textil español, sólo después de Induyco/El Corte Inglés, con ventas previstas para este año de medio billón de pesetas y beneficios de cincuenta mil millones. La valoración se sitúa entre 1,4 y 1,5 billones, lo que supone multiplicar los beneficios por 28 ó 30 veces, un «per» indiscutiblemente alto, que refleja y rebaña todo el valor actual de la empresa y, por tanto, deja a la acción sin mucho recorrido de subida en el futuro inmediato. Con otras palabras, a estos precios los títulos de Inditex se revalorizarán si la empresa consigue la difícil misión de hacerlo todavía mejor.

La gran pregunta de la Bolsa a cualquier sociedad cotizada siempre tiene que ver con el futuro. Al inversor, el pasado le interesa sólo de forma relativa, pues como apunta la letra pequeña de los anuncios financieros «rentabilidades históricas no garantizan rentabilidades futuras». Inditex es una admirable y excepcional historia de éxito empresarial que se explica por la visión comercial y estratégica de un solo hombre, su fundador y propietario Amancio Ortega. Nadie como él supo captar el cambio de sensibilidad de los consumidores. Es un signo de los tiempos: la ropa no se compra para que dure, sino para estar a la última, para ofrecer una imagen personal «molona» y en continua renovación. Traducir las aspiraciones del nuevo consumidor a fórmulas empresariales viables —que incluye aspectos de diseño, industriales, comerciales, logísticos, financieros— ha sido el resultado de una inteligencia y de un trabajo excepcionales.

Con todo, desde su fundación hasta ahora, la gestión de Inditex ha tenido dos características que, en principio, resultará difícil mantener en el futuro: discreción y personalismo. Una empresa que cotiza en Bolsa, que progresivamente compite en los mercados mundiales, ya no va a gozar, como hasta ahora, de la ventaja de que sólo es conocida (y vigilada) por unos pocos competidores: a partir de ahora en España y en el mundo cualquier empresa textil querrá ser como Inditex; la mayoría de los imitadores perderán la carrera, pero otros harán daño y complicarán la vida del líder. Por otra parte, hasta el día de la fecha, y Dios quiera que por mucho tiempo, en Inditex todas las decisiones estratégicas (y muchas de las cotidianas) han corrido por cuenta, o han necesitado el visto bueno, de Amancio Ortega. Para un hombre como él, cuyo principal rasgo de vanidad consiste en pasear anónimamente por las calles de La Coruña, va a resultar misión complicada, extraña e ingrata explicar decisiones y diseñar estrategias ante los accionistas reunidos en Junta General. Es verdad que José María Castellano, el catedrático de Economía, mano derecha de Ortega y consejero delegado del grupo, ha demostrado capacidad sobrada para semejantes funciones públicas, pero antes o después los famosos inversores institucionales querrán mirar a los ojos al jefe.

Dadas estas peculiaridades, sólo cabe concluir que el exitoso y próspero camino bursátil que todos deseamos para Inditex, requiere un cambio de cultura corporativa de la empresa o de los hábitos personales de Amancio Ortega. En caso contrario el triunfo empresarial tendrá muy parco reflejo en el mercado.