Los nonatos y los muertos

TOMÁS CUESTA
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EL señor Edmund Burke (símbolo de ese aliño de audacia y sensatez que adornaba a los grandes pensadores ingleses) denunció sin ambages el contrato social con el que el Siglo de las Luces decapitó al Antiguo Régimen. Argüía el filósofo que, al conferir al pueblo la condición de soberano -haciendo tabla rasa, borrón y cuenta nueva-, la Revolución dejaba sin representación alguna a los que ya se habían ido y a los que vendrían luego. O sea, a los nonatos y a los muertos. «La sociedad humana -escribirá al respecto- constituye un proyecto en el que se amalgaman la virtud y la ciencia, las artes y la técnica. Y, antes de alcanzar sus objetivos, es necesario forjarla poco a poco en la fragua del tiempo. Porque el legado de una generación ha de pasar intacto a la siguiente y ésta, por su parte, tiene que transmitirlo, enriquecido, a la que la suceda. De ahí que los protagonistas del presente, no puedan excluir del terreno de juego a quienes, en su día, les entregaron el testigo ni a los que, en el futuro, habrán de recogerlo».

A míster Burke, un liberal-conservador sin maquillajes ni aderezos, no le dolían prendas ni se cortaba un pelo si había de retar en singular combate al deslumbrante progresismo de la época. Los progres ilustrados, por supuesto, no eran moco de pavo, ni morlacos pastueños. Eran, en general, cerebros brillantísimos e intelectuales de una pieza, a los que les cabía no sólo el Estado, sino el mundo moderno en la cabeza. Otra cosa es que alguno la perdiera (no figurada, sino literalmente) y acabase afeitado a la altura del cuello. Pero, dejando a un lado anécdotas siniestras, la cuestión es que Burke aún sigue iluminando el corazón de las tinieblas. En cambio, sus rivales (monsieur Jean-Jacques Rousseau, por poner un ejemplo) han logrado empedrar el suelo del infierno de ideólogos chirles, analfabetos vanidosos y cafres con chorreras.

Hablando del rey de Roma... La estrategia política (según él, «extrategia») que ha echado a rodar Rodríguez Zapatero es una translación, impía y torticera, de esa tesis de Burke en la que lo social abarca el porvenir y lo pretérito. Dado que el presidente nada sabe de Burke (¿o acaso hay algún Burke en Los Ángeles Lakers?), lo lógico es pensar que don Miguel Barroso -su mago Merlín, su oráculo de Delfos- ha sido el muñidor de este ruidoso enredo. Barroso, al fin y al cabo, es un hombre leído y sobrado de ingenio que no se ruboriza si hay que montar la parda con el propósito de diluir el negro. ¿Quiénes están al margen del terremoto financiero, o, por mejor decir, del implacable «terremato» que golpea la puerta? Aquellos que señalaba míster Burke: los no nacidos y los que se comió la tierra. ¡A por ellos, oé! En la guerra política no se hacen prisioneros.

Total, que Baltasar Garzón (la sentencia no falla: cuanto más viejo más pellejo) ha llegado a endiosarse definitivamente y pretende ejercer de Ser Supremo en un Juicio Final de vía estrecha. Su especialidad, ahora, es la escatología en lugar del derecho y ha decretado, como primera providencia, que el Día de Difuntos podría durar meses. «¡Qué solos se quedan los muertos!», se lamentaba antaño el pobre Bécquer. «¡Qué solos, ni que leches... Si estos tíos no paran de tocarnos los huesos!», contestarían, indignados, algunos esqueletos. No obstante, pese al Apocalipsis de Garzón, sigue faltando estopa con la que taponar el agujero. Es el turno, por tanto, de doña Bibiana Aído, esa mocita desenvuelta y tan hábil con la lengua que es casi la Malinche del presidente Zapatero. Ella se ocupará de los nonatos y de asperjar con sangre su grotesco ministerio. El aborto, sin duda, le compete: la auténtica igualdad es la que imponen la guadaña y el cuchillo voraz del carnicero.

De cualquier forma, míster Burke no se merece en absoluto aparecer embarrancado en semejante estercolero. Lo que merece la pena, sin embargo, es recordar de nuevo su celebérrima advertencia: «Para que triunfe el mal únicamente es necesario que los buenos vegeten». Imagínense que don Mariano toma nota, aviva el seso y despierta.