En el nombre de Jesús

CARLOS HERRERA
Actualizado:

Hoy celebra buena parte de la humanidad el nacimiento de una de sus figuras centrales. Probablemente la más transcendente, la más determinante, a la par que la que menos constancia documental dejó de su presencia entre los mortales. Jesús de Nazareth divide nada menos que el tiempo: antes de su paso por el mundo, después de su paso por el mundo; es hoy, en la información electrónica de la Red, el nombre más citado; se celebran cada día millones de ceremonias religiosas en el planeta invocando su nombre; su representación antropológica, su rostro barbudo, viril, atractivo, está presente en cada rincón de la Tierra; sus seguidores se cuentan por miles de millones.

¿Qué milagro ha producido en el imaginario de la humanidad el paso por la vida de un hombre que vivió hace dos mil años?

Jesús es Dios para los cristianos e, incluso, profeta respetable para los no cristianos. Su mensaje de amor, de piedad, de perdón ha cambiado a los hombres y ha hecho de éstos seres indudablemente mejores. Incluso para los más negacionistas, los más ateos -si es que se puede ser «un poco» ateo-, su figura no es intranscendente ni está falta de interés. ¿Recordamos a Jesús como Él quiso que le recordáramos y le adoráramos o somos nosotros quienes hemos modelado los perfiles del Hijo de Dios a nuestra conveniencia? ¿Existimos porque quiso Dios hacernos a su imagen y semejanza o también podemos afirmar sin temor a caer en herejía que Dios existe porque nosotros queremos que exista?

De haberse tratado de una simple bola de nieve que ha ido creciendo a lo largo de los siglos merced a las supersticiones del ser humano habrá que convenir que el tal Jesús ha sido protagonista de una carambola histórica absolutamente inaudita; tanta que causaría su sorpresa más estupefaciente si pudiera levantar la cabeza y ver en qué se ha convertido su peregrinar por su Judea natal predicando la palabra de Dios. Para aquellos que quieren ver la vida desde empirismos históricos desposeídos del baño de la Fe, todo ha sido una concatenación de casualidades increíbles y una manipulación histórica de la Iglesia para labrarse la influencia más decisiva entre los hombres. Afirman que la única constancia de su paso por entre los mortales se reduce a cuatro testimonios de otros tantos seguidores que no tuvieron transcendencia hasta pasados cuatro siglos de su muerte, configurando ése el núcleo central de una apuesta por la interpretación histórica tan respetable como minoritaria.

Es evidente que se trata de una reflexión incompleta, más allá de los dogmas, más allá de las estampidas de la Fe que se han sucedido desde entonces. De ser así habría que considerar a quienes han trazado el mensaje nuclear de su doctrina como unos auténticos visionarios capaces de cambiar el mundo por sí solos con el único poder de su voluntad. ¡Qué grandes guionistas e ideólogos hubo entonces -en un planeta en el que todos se desconocían- encerrados en una habitación preparando la columna vertebral de una doctrina absolutamente imbatible a través de los siglos!

Hoy, en Navidad, la fecha en que los hombres, la Iglesia -esta vez sí- dispuso celebrar el nacimiento de su piedra angular, conviene acercarse a los preceptos básicos de su doctrina, la que ha convertido el mundo en un lugar más habitable. Hacerlo sin miedo ni prejuicios, con todas las dudas razonables, con todas las preguntas abiertas, puede convertirse en un ejercicio interesante en el ámbito material y también en el espiritual.

No en vano estamos hablando de un hombre que tan sólo vivió treinta y tres años, de los cuales pasó treinta encerrado en sus cosas, sin que hayan transcendido más detalles que los de una vida discreta y común dedicada a su familia y a un negocio familiar de maderas. De un hombre que salió a las calles a llevar su mensaje de calma y amor en un tiempo de iras, que jamás escribió un libro, abrió una oficina o lideró una empresa de éxito. De un hombre que fue traicionado por los suyos, hecho preso, torturado y muerto en una cruz entre un par de simples ladrones. De un hombre, como escuché decir años atrás y reproduje en palabras de pregón, que al cabo de dos mil años ha visto cómo ni uno sólo de los reyes que han reinado, de los ejércitos que han desfilado o de las civilizaciones que se han erigido en referencia ha tenido más poder, más transcendencia en la existencia de los hombres que su simple palabra. Que la de un sencillo hombre solitario por cuyo nombre invoco hoy mi más sincera oración.